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Light of Madrid

What a wonderful light there was in Madrid this evening! What an unbelievable film set in our faces, what a cinematic and fragrant show for free! Who summoned those special effects of thin rain, light, the sun setting in my back, and Humanity? It was a luxurious homage to life among all the colours and the pollution.

How great it is to live in this city.

I had to do an errand after work, so I defied the punctual beast that is the traffic around seven (a beast twice a day stuffing and paralysing the roads, like a lover pushing ever closer). I rode all along the Eastern side of the city, entered it by the South, stopped for a moment, criss-crossed secondary roads to emerge again at the core, caressed it along its saggital line, left it behind on my way home.

It was almost a perfect sunshower. When I reached the city, my clothes were still damp from the rain that hit me on the highway. Someone had just switched on the Sun again, and long shadows came back and drew their distorted shapes sharply against the asphalt. The blinding glare in the eyes and the presence of shadows felt wrong somehow. Summer daylight and warm calm were returning when all of us had resigned to rain and night already. Like a cheap science fiction film in which time changed whimsically.

I was amazed at that clean, invisible air, as if it had been stolen from Sorolla. A Sorolla summer scene improved by the absence of the Mediterranean (such a bettering being conceivable by someone born in Madrid). Such was the warm light bathing every palace in the centre of Madrid today. Sights of glass, steel, plastic and marble slightly tinted in satisfying shades of orange, pearl and rose madder. Even my usually short-sighted eyes seemed to reach further than ever and register every nerve on every leaf, every fine pattern on the stucco of the highest façades in the avenue.

It felt just right, cruising down Paseo del Prado, counting all the leaves in the trees. The leaves were still up there, still unabashed and proud waiting for their day to die, escorting me all the way up to Cibeles. Riding smoothly past those centuries-old buildings (buildings which shaped a big deal of the lives of my ancestors and everybody in this country) in the special smell of late summer — that felt like the right thing to do a Thursday of September.

The end of summer is nigh (the swimming pool in my estate closed this week) but I can still afford to be late, change to a lower gear and open the neck of my jacket to feel this new air passing through me. Refresh my neck and my humid shirt and let me be renewed, too.

At the statue of the goddess, I genlty turn right and face Calle Alcalá. Puerta de Alcalá appears immediately before me, all fair and solemn, and salutes in contempt for my fragile and mutable nature. It stands there uphill, like a giant so confident that Time will flow through its arches so many times that it will give up in the end. I cannot believe everything is so bright being so late in the day, but then the Sun is in my back. The monument is framed by glorious white, grey and yellow cotton clouds looming joyfully over the shape of the city. At the right, a thick mass of tree tops overflows the iron fences of El Retiro and offers its gradients of green — still green! The lively and exuberant foliage contrasts so gracefully against the worn-out blocks of dead stone that support the fence around the park. The skinny guy on the bike feels humbled by the vision, unable to measure it, unsure about how to get his head around it.

Such are cities, and he loves them all. He certainly loves this one.

“Three buildings”, (CC) Jose Maria Cuellar

Photo: “Three buildings”, (CC) Jose Maria Cuellar

16 Sep 2010 5 comments so farImages, Notes, Spain


«Tiempo de Silencio» en el Gijón

«Nada, que le tiraba. Madrid tira mucho. Hasta a los que no son de aquí. Yo lo soy, nacido en Madrid.»

— Luis Martín-Santos, «Tiempo de Silencio».

El Café Gijón es hasta barato (3,70 € un espresso con leche en mesa, más la propina) teniendo en cuenta lo cargado que está el lugar de significados y lo electrizante que es leer allí ciertos libros.

Hoy he salido del metro en Banco de España y he subido por el Paseo de Recoletos. He llegado pronto, había muy poca gente, y he elegido una mesa bajo el espejo enorme. Me he encaramado en el plástico rojo de ese asiento corrido tan acolchado, espalda contra la pared, y he amortizado el desembolso alargando mi café y disfrutando del ambiente mientras el lugar se iba llenando poco a poco.

Será la sugestión del lugar y del precio, pero juraría que el café estaba especialmente rico.

Portada del Gijón

He alternado lectura con contemplación (no interior, sino de la otra). Los camareros van todos de uniforme blanco, excepto el señor orondo que maneja el comandero, que va de negro y con corbata. A mi alrededor, intentaba detectar indicios en los parroquianos. Un señor que estaba solo, como yo, abrió su moleskine nada más llegar y escribía a ratos. Un viejo, al que el jefe de camareros saludó con complicidad, y que por su edad debió ser coetáneo de los del 98 por lo menos, parecía dibujar bocetos en su libreta hasta que llegó su amigo un buen rato más tarde. Un hombre cerca de mí explicaba a otros dos la situación de las licencias de televisión privadas, comparaba con otros países y desentrañaba los intereses políticos detrás de ese negocio.

Interior del Café Gijón (1)

Interior del Café Gijón (2)

El libro que yo llevaba era muy propio (no iba a leer allí a Larry McMurtry, claro): «Tiempo de Silencio», una novela de 1961, muy comentada y muy celebrada, de Luis Martín-Santos, que empecé a leer ayer mismo. La que tengo es una edición 35ª, nada menos, e incluye las páginas que fueron censuradas cuando se publicó por primera vez. Al parecer, la novela es un retrato fantástico del Madrid de finales de los años 40; y desde que me enteré de qué iba y mis padres la sacaron de entre los estantes de libros y me contaron un poco acerca de su autor, estaba deseando leerla. De eso hace dos meses.

Y aunque me estoy tapando los ojos con la mano para no leer los espóileres en la Wikipedia (deberíais verme; qué ridículo estoy), me ha parecido ver que el propio Café Gijón sale en la novela.

Leyendo en el Café Gijón

Temía el comienzo, porque me habían prevenido del estilo denso, barroco y extravagante. Pero está resultando una delicia. Es verdad que hay mucha subordinación, pocos puntos y seguido (poquísimos puntos y aparte), profusión de palabras difíciles y de transcripciones atrevidas del inglés, y una variedad brutal de registros, desde el cheli más castizo de las chabolas de Madrid hasta el lenguaje cultísimo e irónico del narrador-protagonista. Pero todas las descripciones son tan minuciosas y tan originales, el relato está tan bien tejido y es tan rico, que se hace fluido. Y además muy divertido.

La atmósfera tan evocadora de ese Madrid opresivo de postguerra, en un otoño luminoso aunque frío y gris, bullicioso de hambre y de miseria y de personajes misteriosos que merodean la calle Atocha en gabardina me está recordando bastante a «Beltenebros», de Muñoz-Molina.

Además, el libro contiene en sus primeras páginas un par de frases miriamétricas pero maravillosas acerca de la ciudad en general, y de Madrid en particular. Siendo como es la idea de ciudad uno de mis objetos de fascinación, una de esas citas ya ha dado nombre al conjunto en Flickr que estoy dedicando a mis fotos de Madrid. Y ya en octubre decidí que será también el encabezado para el rediseño que estoy pergeñando para mi sitio web y para esta bitácora.

Por si os ha picado la curiosidad, aquí tenéis la novela en versión electrónica:

3 Jan 2010 8 comments so farBooks, Images, Spain


Recomendaciones informales de viaje en Tokio

Una amiga se acaba de ir a Tokio por cuatro o cinco días, como parte de un viaje mayor por Asia. Me ha pedido algunas recomendaciones de lugares para visitar en Tokio y alrededores.

Empecé a escribirle un emilio, pero a medio camino se me ocurrió que esas recomendaciones podrían ser útiles para alguien más. Así que he transformado el mensaje en esta entrada.

Mis recomendaciones son absolutamente subjetivas, y a menudo no casan con lo que pueda decir la Lonely Planet, y ni siquiera con lo que pueda decir una guía de viajes de verdad. En general, están sesgadas hacia lo que a mí me interesa más: grandes ciudades (Tokio); urbanismo y arquitectura, especialmente contemporáneos; cultura popular; tecnología; rarezas; consumismo, dinero y excesos; localizaciones de películas o rincones con cierto simbolismo…

Ahí va una lista muy personal (no exhaustiva ni ordenada, pero con algo de chicha) de cosas a hacer y sitios a visitar, para cuatro o cinco días en Tokio:

  • En Tokio
    • El Miraikan. El museo de ciencia y tecnología en Odaiba, una isla artificial en la Bahía de Tokio. En el Miraikan hay maquetas y demostraciones de robots (el ASIMO de Honda está allí jugueteando con los visitantes), de trenes bala, etc. A la isla se va en una suerte de monoraíl atravesando el Rainbow Bridge (el Yurikamome; se coge en las estaciones de Shimbashi o Shiodome). Para mí, aunque solo fuese por ese viajecito y por las vistas desde lo alto de las vías elevadas (foto a la derecha) ya merece la pena visitar la isla. La isla es sobre todo un barrio de ocio, con centros comerciales, recreativos, más museos, restaurantes, paseos y parques. También hay en Odaiba algunos edificios famosetes, como el de Fuji TV y el Big Sight. Más sobre Odaiba y cosas para hacer allí.
    • Los museos en el parque Ueno. Ueno Park (en la parte norte/noreste de la ciudad) mola para pasear. Dentro del parque, o cerca, hay varios museos. Los dos más recomendados son el Tokyo National Museum (historia del país a través de objetos, obras de arte, etc.) y el National Museum of Nature and Science.
    • La lonja de Tsukiji. El mercado de comestibles más grande del mundo (dicen por ahí). Si vas muy temprano (yo ese día estaba en la calle a las 6:02) se ve toda la actividad mañanera, frenesí de carretillas, pescaditos gigantes, etc. y mola. ¡Ojo! Una amiga me ha comentado que al parecer se hartaron de tener turistas paseando por entre las montañas de bloques de hielo y dándole con el dedito en las escamas a los peces raros, y ya han prohibido el paso a los curiosos :¬(
    • El parque Hamarikyuu Teien. Está al ladito mismo de Tsukiji (en la zona de Shiodome). Creo recordar que hay que pagar un poco por entrar, pero es un ejemplo chulo de jardín tradicional japonés. Además, no es muy grande y está flanqueado por las torres de oficinas de Shiodome por la parte norte, lo que hace un contraste muy especial entre lo natural-viejo y lo artificial-nuevo (como se ve en la imagen de la derecha).
    • El Palacio Imperial. Está claro. A mí me decepcionó un poco. Pero me encontré con un viejo amigo ese día y lo visitamos más pendientes de nuestra conversación que de lo que estábamos viendo, así que puede que fuese por eso. Está en el centro de la ciudad, cerca de la estación de tren «Tokio» (el palacio, no mi viejo amigo).
    • Shibuya. El barrio, y el intercambiador de transportes homónimo. Aquí está el famoso cruce de Lost in Translation. Es un poco en plan Piccadilly Circus (o Times Square, supongo). Un hervidero; de noche es especialmente impactante. Por la zona hay pachinko, karaoke, love hotels, tiendas para turistas… Bueno, de eso hay un poco en todas partes.
    • Miradores en la ciudad. Tres señalados. El edificio principal del Gobierno Metropolitano de la ciudad (o sea, la sede del ayuntamiento); un rascacielos neo-gótico en Shinjuku al que se puede subir sin pagar para hacer fotos como la de la derecha. El segundo es el Caretta Shiodome; el mejor observatorio de la zona de Shiodome. Puedes subir gratis a la última planta y contemplar la lonja de Tsukiji y el parque Hamarikyuu Teien inmediatamente a tus pies, y más adelante, toda la bahía. Y finalmente, la Mori Tower; el monumento a la megalomanía del magnate Minoru Mori en Roppongi Hills. Aparte de visitar el mirador, pagando un poco más se puede acceder también al museo de arte y arquitectura que ocupa las últimas plantas. La Tokyo Tower se suele incluir en esta lista de techos de la ciudad, pero yo no he estado, porque creo que no merece mucho la pena.
    • Shinjuku. Aparte de rascacielos (como el del Gobierno Metropolitano) al lado contrario del inmenso intercambiador de transportes hay mucha actividad nocturna y galerías comerciales. Ahí está también Kabukichou, un barrio nocturno de callecillas estrechas y prostíbulos muy pintoresco.
    • Akihabara, el «barrio eléctrico». Para ver frikis, nerds, otakus, etc. (o si eres uno de ellos). Está lleno de tiendas de electrónica de consumo, ocio, cafés para leer manga, pornografía (legal y de la otra), gente joven… Si quieres comprar algún cacharro, será de los mejores sitios para hacerlo (¡asegúrate de que te descuentan el IVA enseñando tu pasaporte y el visado que te han grapado en él!).
    • Harajuku. Ahí está Omotesandou, una calle pija con marcas europeas, tiendas de joyas y de diamantes (como la de la foto), etc. Está bien verlo. Al otro lado de la estación de Harajuku está el parque Yoyogi, un parque donde se juntan los jovenzuelos disfrazados de las cosas más extravagantes. Tribus urbanas, góticos, lolitas, etc. Y en ese mismo parque está el Meiji Jinguu, un templo dedicado al Emperador Meiji, figura histórica imprescindible del Japón moderno.
    • Asakusa. Al noreste de la ciudad. Ahí están el Kaminarimon y el Sensou-ji: una puerta y un templo sintoístas, respectivamente. Son de los más famosetes y chulos de ver en la ciudad.
    • El barrio de Ginza (y de nuevo Omotesandou. Para compras (más bien caras).
  • Cerca de Tokio
    • Yokohama. Según el criterio que se escoja, puede ser la ciudad más populosa de Japón (lo que solemos llamar «Tokio» es en rigor una aglomeración de ciudades, como Londres). Yokohama está a menos de una hora de Tokio en tren. Allí se va principalmente a comprar (buenas calles comerciales), a pasear por el paseo marítimo, a comer… Hay un barrio moderno (el Minato Mirai) que se ha llenado de rascacielos y cosas extravagantes. Si vas, no dejes de visitar la Landmark Tower (la torre a la izquierda en la foto); se trata del edificio más alto del país (296 m). Se puede subir a la última planta (en el segundo ascensor más veloz del mundo mundial) y contemplar Yokohama y buena parte de los alrededores desde ahí arriba. Otro atractivo arquitectónico es el intercambiador marítimo del español Alejandro Zaera-Polo.
    • Nikko. Más lejos que Yokohama, pero también asequible para ir y venir en el día. Es un conjunto enorme de templos entre bosques; la combinación es desbordante. Este puente sobre el río que se ve en la foto es una imagen muy reproducida. Aparte de eso, hay un lago (Chuuzenji-ko) y una cascada (Kegon no Taki o Kegon Falls) muy cerca.
    • Kamakura. Otra buena excursión de un día desde Tokio (y más cercana a Tokio que Nikko). Se considera una de las antiguas capitales de Japón, y da nombre al periodo histórico entre 1185 y 1333. A visitar: el Buda gigante (Daibutsu) y los jardines llamados Hase-dera.

2 Aug 2009 3 comments so farJapan


De nuevo Tokio

Tokio, otra vez.

El lienzo tridimensional del urbanismo inimaginable, efervescente y acogedor, permanentemente extraño y personalísimo.

Sus locales diminutos continúan desafiando la escala magnífica del esquema que resume los planos del transporte público, con sus ramas de líneas multicolores hundiéndose en las sub-ciudades. Bares que son menos que un pasillo, semiocultos tras las medias cortinas. Flanqueados por otros locales igualmente mínimos que sin embargo consiguen atraer la mirada y se hacen notar; poco importa que sea solo un local en una sucesión interminable de locales idénticos, que a su vez se replica al otro lado de la estación, en otra parte del barrio y en el otro extremo de la metrópolis. «Densidad» es la palabra.

Tokio. Los vagones de sus trenes se llenan de muchachas de piernas blanquísimas y delgadas, rodillas centrípetas, andar equino, cabellos finísimos, peinados impecables; cableadas, abrazadas al Louis Vuitton; envueltas como el resto de los pasajeros en electrónica portátil; cubiertas por pieles sucesivas de microfibra, plástico, cosméticos, autocontrol y ausente dulzura. Muchachas físicamente presentes, pero apenas conscientes de su propia existencia. Como el resto de los pasajeros. Las muchachas rotan en cada estación; aparecen y desaparecen, se maquillan, miran al suelo, juegan con el teléfono treinta minutos sin levantar la mirada, duermen con la cabeza en las rodillas, raramente hablan.

Una nueva barrera se ha sumado a las anteriores: a las alergias, la hipocondría y la consideración por la salud del otro se ha unido la psicosis de la pandemia de moda, y los japoneses se han envuelto en otra capa más. Más que nunca, la población se ha escindido en dos grupos: los que llevan mascarilla, y los que no. La consecuencia es que códigos nuevos están apareciendo, y los «enmascarillados» se comunican entre sí con las manos, con los ojos y con esa voz que surge atenuada desde el otro lado del tejido tenso sobre los labios. Tantos niños que deben estar aprendiendo a hablar lo están haciendo a base de mirar a los ojos de sus hermanos y a las manos de sus madres, pues la familia entera viaja de incógnito por la profilaxis. Una generación entera a la que le están racionando su dosis necesaria de sonrisas sinceras, dientes apretados, labios temblorosos, risas nerviosas, gestos cómplices… por fuerza tiene que crecer de otra manera, y comunicarse en otros canales.

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28 May 2009 3 comments so farJapan, Notes