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Uno de esos días en la oficina

Esta mañana en la oficina he hecho un svn revert -R . en el directorio equivocado, lo que ha volatilizado una hora o dos de trabajo del día anterior.

Poco después he abierto una ventana de MI y he estado dándole la brasa durante más de una página a Luis sobre detalles del proyecto. Me respondía unas cosas rarísimas y no parecía entender nada de lo que yo le decía, hasta que me ha recordado quién era, y entonces me he dado cuenta de que no era el Luis que yo pensaba, sino otro.

Y aún antes de comer me ha dado tiempo de dejarme el foco del sistema de ventanas en la aplicación equivocada y de escribir (y enviar) enterita y por error una de mis contraseñas más preciadas a otro colega con el que estaba charlando.

A pesar de todo eso, el día ha continuado medio normal. Incluso he ido esta noche a la sala Galileo Galilei a ver a Faemino y Cansado en directo. Muy divertidos. Y no me he roto una pierna ni nada.

Ahora a dormir.

21 Jan 2010 8 comments so farComputers, Life, Work


Cuento agridulce de navidad (y III)

(Leer las partes primera y segunda)

Llegando a Charing Cross me viene la inspiración de pronto; recuerdo que varios homeless viven entre los pasillos de la estación de metro y la de ferrocarril.

Bajo las escaleras y le doy varios sandwiches a un hombre que está tumbado sobre cartones. El pasillo es uno de esos grandes y amplios del metro, con el techo y las paredes alicatados. Al fondo veo a mi segundo objetivo, sentado contra el muro, con las piernas dentro de su saco de dormir verde. Me acerco a él y me mira, agitando el dedo índice delante de la cara. Cuando llego a su lado está diciendo: No fish! No fish! A pesar de eso no pone muchas objeciones y escarba con curiosidad entre los triángulos de pan en cuanto me agacho frente a él con la bandeja en una mano, como un camarero.

Agotados los recursos que el metro puede ofrecer, emerjo a la superficie de nuevo, resuelto a liquidar las existencias. Enseguida encuentro a otro repartidor, esta vez del London Lite, que es un diario gratuito (y caro, en relación calidad/precio). Le echo morro e intento una suerte de simbiosis unilateral, plantándome junto a él y extendiendo mi bandeja en sincronía con su fajo de periódicos. ¿Qué más se puede pedir? Señora, llévese a casa esta noche de gratis una cena medioqué y las peores noticias de Londres.

Al poco me siento un poco culpable, porque el ratio de conversión del repartidor está disminuyendo en proporción al cuadrado de la distancia que nos separa. Le sonrío para quitarle hierro al asunto e intento discutir con él detalles sobre la puesta en práctica, delimitar competencias, pulir las rebabas de nuestra oferta. El repartidor no me entiende. Y por una vez no es mi inglés, sino el suyo. No habla una palabra, el pobre.

En ese momento formulé mi Ley de Marketing Sandwichero: se colocan muchos menos sandwiches trabajando en tándem con un repartidor del London Lite que operando por libre. Vaya usted a saber por qué.

La verdad es que si tuviese que ganarme la vida haciendo esto, lo llevaría crudo, me digo. Claramente las personas serias e introvertidas no damos el tipo para repartir cosas por la calle. Mucho menos si esas cosas son gratis. No servimos ni para eso ni para otras muchas profesiones, como ya señaló un amigo mío. De todas formas, también es cierto que a estas alturas la bandeja ya no tiene el aspecto lustroso del principio: la comida está distribuida irregularmente por la superficie de plástico y hay algunos trozos de pan huérfanos o desparejados. Tengo que trabajar en la presentación del producto. Necesitaría un escaparatista.

En vista del escaso éxito me vuelvo hacia el repartidor y le pregunto por gestos y en indio (indio americano, no indio de la India) si hay vagabundos cerca (Homeless? Homeless here?). Me señala la entrada de uno de los teatros del West End, a cincuenta metros de distancia. A saber qué demonios cree este tipo que le he preguntado. Por si acaso, me acerco un poco al teatro. Pero no veo a nadie con pinta de agradecer un sandwich de un desconocido. Todo a babor hacia Leicester Square.

Fue una mala decisión. Eso sí: Merry Christmas, Merry Christmas. La intención es buena, pero me gustaría pararlos y decirles que me la suda que sea navidad. Mi tercera y última vergüenza por sorpresa: me da vergüenza que piensen que el espíritu navideño me impulsa a hacer esto. Me da vergüenza que piensen que soy manipulable (aunque lo sea irremisiblemente).

Bajando de nuevo hacia Trafalgar Square, me vienen a la cabeza las palabras de un personaje al que admiro y me digo que les den por culo a los pobres.

No veo mucho más que pueda hacer, es tarde y aún tengo que preparar mi equipaje para volar mañana. La mitad de la segunda bandeja acaba en una de esas papeleras cilíndricas abiertas al cielo, tan Westminsterianas.

Atravieso la plaza en diagonal para meterme en el metro. En el centro de Trafalgar Square, un árbol de navidad gigantesco, cargado de lucecitas. Es la mitad de alto que la columna de Nelson. La base está vallada y hay parejas y familias alrededor; haciendo fotos, gritando, frotándose las manos enguantadas. Haciendo las cosas que se hacen en navidad.

7 Feb 2009 No comments yetLife, UK


Cuento agridulce de navidad (II)

(Leer la primera parte)

Los primeros puntos fueron fáciles de conseguir: según salía del edificio me planté delante de una de las recepcionistas, le puse las bandejas debajo de la nariz y enseguida se adjudicó dos sandwiches sin muchos miramientos. 2×100 puntos, ¡chin! ¡chin! Con los vigilantes de seguridad no hubo tanta suerte. Supongo que un vigilante de seguridad masticando un triángulo de pan impone menos.

En la calle daba por hecho que nadie iba a coger comida que a saber de dónde ha salido, por más que sonriese yo. De noche, que no se ve nada, qué porquería puede ser eso. Encima, lo de sonreír se me da regular, es de justicia admitirlo.

Hago una prueba. Me echo a andar y paso junto a tres trabajadores en monos azules. A free sandwich, anyone? Please take one, it’s free. Al menos me miran y me responden, pero no cogen nada.

Resuelto como un misil balístico —ahora sí— cruzo la calle y llego a Southampton Street, justo bajo Covent Garden. Voy a por el mendigo en el que he depositado casi todas mis esperanzas. Espero que lleve ochenta o noventa días sin comer. Por lo menos.

Si hay un sitio en Londres donde sé que vive un mendigo, es ahí. Siempre está ahí, sentado al abrigo del recoveco que forma un pilar de piedra, pegado al escaparate de una tienda pija de artículos caros de montaña. The North Face y todo eso. (Hostia, me acabo de dar cuenta mientras escribo esto de que el pobre vive cobijado contra un escaparate rutilante, y que al otro lado lo que hay expuesto es precisamente… un surtido glorioso y multicolor de anoraks y forros polares, cosas deliciosas de piel y de pelo y de borrego. Mierda.)

Camino derecho hacia él, esquivando corrientes de peatones. A distancia, y antes de que haga yo algún gesto que delate mi intención, veo que me saluda cabeceando con las manos juntas, como si rezase. Farfulla algo que parecen agradecimientos. Caramba, no parece que sea yo el único, ni mucho menos, al que se le ha ocurrido regalar comida a un limosnero. Casi parece que el hombre estuviese acostumbrado a esto, que me estuviese esperando impaciente. Como si fuese a decir: ya era hora, ¿no? Yo ceno antes de las siete. Que no se vuelva a repetir. Y esta fue la segunda vergüenza de la noche: ¿acaso no he inventado yo la generosidad y el altruismo? ¿Qué me dices, que a alguien antes que a mí se le ocurrió dar comida a un sintecho? ¿Que no soy el mejor transeúnte que ha pasado por delante de este vagabundo?

¿Hago esto solo por vanidad?

El mendigo me da las gracias varias veces. Insisto en que se quede con varios sandwiches, pero solo consigo que coja uno. Uno de salmón, claro. Me da las gracias otra vez. También me dice feliz navidad. Aceptamos barco.

Muy probablemente este es el mismo mendigo al que vi cagando en la calle una vez. Perdón; pero si lo cuento todo, lo cuento todo. Fue a plena luz del día. Su casa, Southampton Street, es una calle muy transitada, semi-peatonal, en el corazón de Londres. Se bajó los pantalones y se puso en cuclillas en el borde de la acera, con ese culo blanquísimo casi tocando el asfalto. Aparté la vista y supuse el resto.

A veces hay dos o tres vagabundos en esa manzana, pero hoy no hay más. Mientras intento recordar dónde he visto a más gente viviendo en la calle, oigo a alguien a mis espaldas: can I take a sandwich? Me vuelvo rápidamente, con las bandejas por delante. Una familia. La niña ha sido impertinente. O eso dice su madre. Solo que no ha sido impertinente; ha sido sincera y directa. Please, take as many as you want. I don’t know what to do with them; my company bought too many. They are clean, there’s nothing wrong with them! Consigo que cojan otro. Me dicen que han visto a varios mendigos sentados en la calle, más allá. Más allá es Covent Garden. ¿En Covent Garden? No lo creo.

Pero camino los cincuenta metros y me paseo por la plaza y por el Apple Market (aquí llamo menos la atención porque casi podría pasar por un camarero de una de las terrazas). Gente sentada en la calle sí que hay, pero ninguno computa como mendigo, ni mucho menos. La señora no sabe distinguir entre vagabundos pidiendo dinero y parejas de estudiantes pelando la pava sentados en el bordillo de la acera. ¿Dónde están los vagabundos cuando se les necesita?, me digo.

Bajando otra vez hacia Strand tropiezo con un vendedor del Big Issue (La Farola inglesa). Antes siquiera de que me de tiempo a escanearlo para determinar si se va a ofender si le ofrezco comida, a él ya le pita su radar y me está haciendo ademanes de agradecimiento. Marchando dos de queso. Y otra vez me desean una feliz navidad. Envalentonado por el éxito repentino, me pongo a cantar la mercancía (bajito) a la gente que pasa cerca de mí (free sandwiches!). Una pareja de incautos, mapa en mano, me pregunta por una estación de metro. Los mando en la dirección correcta e intento que se lleven unos piscolabis para el camino, sin éxito. Oh, we just ate. It’s a pity. Otherwise… Fue la razón (o la excusa) que más oí de la gente: que ya habían cenado.

Por Strand, en dirección a Trafalgar Square, mejora la cosa. Se me quitan un poco los reparos y voy ofreciendo. Cuatro amigos cogen varios bocatas. Busco a tres mendigos que veo a menudo. Nada más llegar junto a ellos, sin haberles ofrecido siquiera, me cogen las dos bandejas sin decir ni pío, sonriendo de medio lado. Su gesto no parece de desesperación ni de agradecimiento, sino de pura avaricia, de maldad. O eso me parece. Así que les doy una bandeja (aún con un montón de comida) y sigo caminando con la otra.

(Continuará)

30 Dec 2008 8 comments so farLife, UK


Cuento agridulce de navidad (I)

〜 De bandejas de comida y vergüenzas personales 〜

Las seis y media de la tarde (aquí en Londres las llaman de la noche). Estoy aún en la oficina, casi solo ya. Es el último día antes de mis vacaciones de navidad y me he quedado trabajando un poco más de lo habitual, intentando dejar cosas medio terminadas antes de irme a Granada. Arrastro emilios de una carpeta a otra, tacho varias líneas en mis post-its, cierro documentos. Mientras espero a que mi computador se apague voy a la cocina a beber agua, con parada técnica en el baño, para completar mi ciclo personal del agua. Como hago siempre.

En la cocina quedan todavía cuatro bandejas ovaladas grandes de plástico llenas hasta arriba de sandwiches de distintas variedades, perfectamente etiquetados (Vegetarian, Ham & Cheese, Salmon & Cucumber…), acolchados entre hojitas de lechuga. También hay un paquete de galletas de jengibre que está a medias y un par de platos con aperitivos.

A esta empresa no le faltan excusas para comprar el almuerzo de la gente, poner fruta en las cocinas, servir copas de zumos y aperitivos en reuniones informales a media tarde, repartir helados por la oficina de vez en cuando. Días especiales y aniversarios de la empresa, cualquier motivo es bueno. Hoy hubo fiesta de navidad para los enanos. Algunos compañeros vinieron esta mañana con los hijos puestos. Algunos con cónyuge también. Se lo pasaron todos pipa pintándose la cara, cantando en una sala de reuniones y trotando por los pasillos. Bastante surrealista. Niños ingleses tan rubitos, ceceando entre los dientes caídos y escondiéndose debajo de las mesas. Son muy graciosos. Y qué bien hablan inglés, los cabrones.

Hoy los que se encargan de estas cosas calcularon mal y sobró bastante comida. No es la primera vez que pasa.

No hay nadie en la cocina, excepto uno de los limpiadores. Está recogiendo platos y metiéndolos en el lavavajillas, reponiendo los frigoríficos, limpiando las encimeras. Como hace siempre. Los limpiadores aparecen a las cinco o las seis —cuando la gente se está marchando— y hacen su batida por toda la oficina. Los he visto en acción cuando he tenido que quedarme hasta tarde algún día.

Este limpiador y yo siempre nos saludamos, aunque ninguno sabe cómo se llama el otro. Lo hacemos desde que un día me dio por decirle hola (no veía a nadie más que lo saludase). Es negro. Todos los limpiadores de mi oficina son negros. Todos. No sé cuántos hay, pero he visto al menos a cuatro. No son negros-obama. Son negros como el tizón. En cambio, cuando llegué a esta empresa me sorprendió que apenas hay trabajadores negros (entre los trabajadores que se sientan delante de un monitor, quiero decir). Aunque hay un buen gradiente de color en mi oficina. La principal minoría étnica somos los blancos. Estoy exagerando, claro; pero hay muchísimos hindúes. Muy poquitos negros. Salvo los que limpian.

Este limpiador me mira, pensando que he ido a por los sángüiches, y me dice, señalando las bandejas: do you want to take any? I’m going to throw them away. Le respondo tontamente, con mi vaso de agua en la mano: oh… Are you throwing them away? Really? Le digo que es una pena, que no podemos tirarlo, que odio tirar comida a la basura. Me dice que sí a todo, y parece sincero. Él ya ha comido algo, y no sabe qué hacer con el resto. Me lamento un poco más y me vuelvo hacia mi mesa.

A medio camino cambio de idea y vuelvo a la cocina. Nos lamentamos un poco más los dos. Alguien tiene que comerse esto, pienso. No podemos tirarlo a la basura. En esto descubro mi primera vergüenza de la noche: me da vergüenza salir de la oficina con dos bandejas de sandwiches en las manos. Me da vergüenza que alguien piense que me llevo comida a casa para los próximos días, que soy un rácano. Me da vergüenza caminar por la calle con las bandejas en la mano. ¿Puede eso más que mi espíritu hiperracionalista? (¿Un montón de comida en buen estado que se va a desperdiciar? ¿Es una pregunta con trampa? Me llevo lo que vaya a comer y doy el resto a quien lo pueda necesitar. Evidentemente. Todo ganancias, ninguna pérdida. Obviamente. No hay argumentos en contra. Siguiente problema, este era fácil.)

Aparece Gaurav, un colega. Le digo que me voy a llevar dos bandejas para repartir la comida por la calle. Mi compañero no solo no se sorprende de mi idea (¡gracias, Gaurav!) sino que me recomienda un mendigo que vive muy cerca de la oficina. Sé exactamente a qué mendigo se refiere. Pero voy a necesitar más que un mendigo. Y los mendigos postmodernos igual se ofenden si les ofreces comida. O te acuchillan. Los transeúntes seguro que te ignoran. Además, si no encuentro quién se lo coma, voy a tener que tirarlo yo mismo. Y eso va a ser aún más doloroso que no mirar mientras lo tira el limpiador.

Quién dijo miedo.

(Continuará)

23 Dec 2008 4 comments so farLife, UK