Cómo ser progresista en 2026
El gobierno de Pedro Sánchez es ya tal gangrena para la vida política en España que cada vez oigo a más comentaristas y veo a más personas de mi entorno apoyar abiertamente al «mal menor» que (según ellos mismos) supone el PP… cuando no directamente a Vox.
A mí me confunde un poco, y me incomoda, que la decisión tenga que orbitar entre lo abominable y lo repugnante. Por un lado, existen alternativas a los dos grandes bloques, y hace mucho tiempo que defiendo que se puede votar a los partidos pequeños, precisamente para que dejen de serlo. Por otro lado, si alguien se consideraba «de izquierdas» o «progresista» antes de que el concepto se distorsionase tanto (en España: antes de ZP), ¿no debería buscar alternativas realmente progresistas a este PSOE putrefacto, en lugar de abrazar el otro polo, el conservadurismo?
«Progresista» es una de esas etiquetas que a mí me gustaría poder ponerme, si no fuese porque para algunas personas parece significar lo opuesto que para mí (¡!). Me pasa lo mismo con la palabra «ecologista». Otros adjetivos que me gustaría colocarme sin vergüenza son «feminista» (pero eso me asociaría a algunas corrientes que aborrezco), «federalista» (si no pareciese que con eso apoyo manipulaciones de la Historia y delitos injustificables), y «liberal» o «libertario» (lamentablemente, en España esto a menudo se entiende como reaccionario al cuadrado o incluso extrema derecha).

Si nos atenemos a la raíz de esos dos antónimos, «conservador» y «progresista», al núcleo de significado que permanece constante a lo largo de la Historia y en distintos lugares del mundo, parece claro que los primeros prefieren el statu quo (o sea, «conservar» lo que hay) y los segundos abogan por cambiar las cosas hacia estados nuevos («progresar»). En principio, ambas posturas parecen irreprochables. ¿Quién no querría conservar lo (bueno) que ya tenemos? ¿Quién podría oponerse a progresar como sociedad?




