Salvar vidas
Se calcula que entre 2015 y 2021 Amancio Ortega donó unos 600 o 700 millones de euros en total a la sanidad española, específicamente en detección temprana y terapias contra el cáncer y en equipamiento avanzado para protonterapia, a través de programas con varios sistemas de salud autonómicos y hospitales concretos.
Desgraciadamente, no existen estimaciones públicas del número de vidas que se esperan salvar con estos regalos; solo hay valoraciones cualitativas. Según la propia Fundación Amancio Ortega,
«[se podrán] salvar cientos de vidas cada año que ahora se truncan y ofrecer a miles de pacientes una alternativa de curación con tratamientos más cortos, mucho menos agresivos y con una mejora muy sustancial en su calidad de vida. [Se podrá] incrementar la esperanza y el bienestar de miles de pacientes y de sus familias.»
En cualquier caso, no hace falta ser un experto para esperar razonablemente que este despliegue de medios vaya a mantener con vida cada año a decenas o incluso a cientos de españoles que morirían en el contrafactual. En España, el valor estadístico de la vida (el coste marginal de evitar la muerte de una persona) se estimaba, hace dos décadas, entre 2 y 2'7 millones de euros. Redondeando hacia arriba el valor de una vida (3.000.000 €) y hacia abajo el monto de las donaciones (600.000.000 €) para hacer la estimación más conservadora, podemos estimar que los recursos donados por el empresario terminarán evitando la muerte de al menos doscientos pacientes.

Imaginemos que todos los hospitales beneficiados llevasen un registro minucioso, durante años, de todos los pacientes que hacen uso de estos equipos; incluidas sus prognosis, su evolución en el tiempo, y el resultado que habría sido más probable de no haber contado con estos medios. Imaginemos también que Amancio Ortega viviese lo suficiente como para ver el grueso del impacto de su donación (no parece probable; tiene noventa años). Imaginemos por último que hacia el final de la vida de Ortega, los hospitales contactasen con las personas concretas que siguiesen vivas gracias a los equipos donados, y las invitasen a un evento con él. Amancio Ortega podría estrechar la mano de esas doscientas personas.
¿Sería justo y acertado decir que «Amancio Ortega, a través de sus decisiones personales y de sus propios recursos, salvó indirectamente la vida de unas doscientas personas»?
Ahora imaginemos un universo alternativo en el que el filántropo murió al día siguiente de firmar el último de estos programas de salud, en 2021. Las mismas doscientas personas se juntan, años después, en un evento (que, esta vez, es de homenaje póstumo). La única diferencia es que esta vez su benefactor no pudo conocer sus nombres ni puede darles la mano.
¿Todavía sería cierto que «Amancio Ortega, a través de sus decisiones personales y de sus propios recursos, salvó indirectamente la vida de unas doscientas personas»?
En otro universo alternativo, Amancio Ortega vive muchos años, pero por algún motivo la lista de doscientos nombres nunca es conocida. Quizá los hospitales no mantienen un buen registro, o quizá la Fundación Amancio Ortega declina tener acceso a esa información. Así que nunca se llega a celebrar esa reunión de pacientes salvados. Las mismas doscientas personas siguen viviendo, repartidas por España, pero nadie llega a saber nunca cuántas exactamente ni quiénes son.
¿Diríamos entonces que «Amancio Ortega, a través de sus decisiones personales y de sus propios recursos, salvó indirectamente la vida de unas doscientas personas»?
En el siguiente universo paralelo, la única diferencia es que por algún motivo la Fundación Amancio Ortega decidió invertir esos 600 millones de euros en hospitales de Nueva Zelanda. Siendo Nueva Zelanda un país con un nivel de vida parecido al de España, imaginemos que son también unos doscientos los neozelandeses que evitan una muerte por cáncer, o que prolongan significativamente su esperanza de vida, gracias a esas donaciones. En este otro universo, Amancio Ortega no solo no llega a conocer nunca el número exacto, ni los nombres de los beneficiados, sino que jamás puso un pie en Nueva Zelanda ni sabe apenas nada del país, habiendo delegado todo el trabajo en personal de su fundación.
¿Aceptaríamos que «Amancio Ortega, a través de sus decisiones personales y de sus propios recursos, salvó indirectamente la vida de unas doscientas personas»?
En otro universo posible, no es la Fundación Amancio Ortega sino otra institución sin ánimo de lucro la que dona esos 600.000.000 € a la misma causa. Esta organización se financia enteramente a través de voluntarios con recursos; en concreto, fueron doscientas personas ricas, a razón de tres millones de euros cada una, las que hicieron posible estos programas de salud. Berta fue una de ellas.
¿Sería correcto afirmar que «Berta, a través de sus decisiones personales y de sus propios recursos, salvó indirectamente la vida de una persona»?
En otro universo, esta misma institución decide donar la misma cantidad, pero allí donde el valor estadístico de la vida es menor y a la causa más urgente. Encuentran que en varios países africanos 3.500 euros dedicados a medicación contra la malaria consiguen, estadísticamente, salvar la vida de una persona (a menudo, un niño). Con el mismo gasto que antes, se consigue salvar a unas 171.000 personas. Berta donó los mismos tres millones de euros.
Ahora, ¿sería cierto que «Berta, a través de sus decisiones personales y de sus propios recursos, salvó indirectamente la vida de unas 855 personas»?
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En el universo alternativo 769.1B/3Z (que, casualmente, es justo el nuestro), la misma organización filantrópica consigue muchos pequeños donantes. Marco es un español de clase media acostumbrado a irse de vacaciones con su familia dos veces al año. Después de reflexionar sobre el coste de oportunidad de esos viajes de placer, decide empezar a viajar solamente una vez al año, o bien viajar a destinos más cercanos y contratar actividades más baratas. Gracias a ese cambio, a lo largo de dos décadas Marco y su familia ahorran 70.000 euros, y los donan a la mejor campaña de suplementación de vitamina A para niños pequeños. Con ese dinero, más de 7.000 niños reciben suficiente vitamina A durante sus primeros cinco años de vida. El problema de la deficiencia de esta vitamina es tan agudo en algunos países africanos, y sus consecuencias tan severas, que, estadísticamente, ese tratamiento acabará salvando la vida de unos veinte niños.
¿Sería justo y acertado decir que «Marco y su familia, a través de sus decisiones personales y de sus propios recursos, salvaron indirectamente la vida de unas veinte personas»?
Si estabas de acuerdo con la primera afirmación sobre Amancio Ortega y el impacto de sus donaciones, pero no estás de acuerdo con esta última frase sobre Marco, ¿en qué momento de esta cadena de escenarios ficticios crees que se rompe la equivalencia entre las distintas situaciones descritas, y por qué?
Proton therapy equipment: Wikimedia user Romina.cialdella (Creative Commons).
Anopheles mosquito: Павлик Лисицын, Wikimedia (Creative Commons).