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Cómo ser progresista en 2026

· 9 min read

El gobierno de Pedro Sánchez es ya tal gangrena para la vida política en España que cada vez oigo a más comentaristas y veo a más personas de mi entorno apoyar abiertamente al «mal menor» que (según ellos mismos) supone el PP… cuando no directamente a Vox.

A mí me confunde un poco, y me incomoda, que la decisión tenga que orbitar entre lo abominable y lo repugnante. Por un lado, existen alternativas a los dos grandes bloques, y hace mucho tiempo que defiendo que se puede votar a los partidos pequeños, precisamente para que dejen de serlo. Por otro lado, si alguien se consideraba «de izquierdas» o «progresista» antes de que el concepto se distorsionase tanto (en España: antes de ZP), ¿no debería buscar alternativas realmente progresistas a este PSOE putrefacto, en lugar de abrazar el otro polo, el conservadurismo?

«Progresista» es una de esas etiquetas que a mí me gustaría poder ponerme, si no fuese porque para algunas personas parece significar lo opuesto que para mí (¡!). Me pasa lo mismo con la palabra «ecologista». Otros adjetivos que me gustaría colocarme sin vergüenza son «feminista» (pero eso me asociaría a algunas corrientes que aborrezco), «federalista» (si no pareciese que con eso apoyo manipulaciones de la Historia y delitos injustificables), y «liberal» o «libertario» (lamentablemente, en España esto a menudo se entiende como reaccionario al cuadrado o incluso extrema derecha).

Pastos más verdes

Si nos atenemos a la raíz de esos dos antónimos, «conservador» y «progresista», al núcleo de significado que permanece constante a lo largo de la Historia y en distintos lugares del mundo, parece claro que los primeros prefieren el statu quo (o sea, «conservar» lo que hay) y los segundos abogan por cambiar las cosas hacia estados nuevos («progresar»). En principio, ambas posturas parecen irreprochables. ¿Quién no querría conservar lo (bueno) que ya tenemos? ¿Quién podría oponerse a progresar como sociedad?

En el mundo anglosajón se entiende mejor que hay un equilibrio virtuoso y necesario entre los impulsos reaccionarios de una parte de la sociedad y las tendencias rupturistas de la otra. La palabra «conservador» no tiene apenas el estigma que sí lleva asociado en España. Aquí, la guerra cultural a menudo se entiende como un juego de suma cero bastante infantil, en el que unos (los míos) están en lo cierto, mientras que los otros son claramente ingenuos, egoístas, o peligrosos. Esto se nota fácilmente en el día a día: recuerdo una vez que compartí con unos amigos «de izquierdas» una noticia del diario ABC y recibí, antes que nada, un comentario condescendiente que me dejó pasmado, solo por la fuente de la información. Creo que ese lastre intelectual nos perjudica mucho.

En realidad, conservadores y progresistas se necesitan mutuamente, unos como contrapeso de los otros. En Por qué no soy conservador, Hayek resumió bien esa tensión:

«La objeción decisiva a cualquier conservadurismo que merezca llamarse así es que, por su propia naturaleza, no puede ofrecer una alternativa a la dirección en la que nos movemos. Puede lograr, mediante su resistencia a las tendencias actuales, frenar desarrollos indeseables, pero, como no señala otra dirección, no puede impedir que continúen. Por esta razón, ha sido invariablemente el destino del conservadurismo verse arrastrado por un camino que no ha elegido él mismo. El tira y afloja entre conservadores y progresistas solo puede afectar a la velocidad, no a la dirección, de los desarrollos contemporáneos.»

Según Hayek, los progresistas «ofrecen alternativas» y «proponen desarrollos», y es la tarea de los conservadores el moderar la velocidad de esos cambios y frenar los que conduzcan a un estado peor de las cosas. La visión utópica frente a la visión trágica.

Estuve pensando qué decirle a una persona que se considere más bien progresista hoy, en España (más bien progresista como lo soy yo dentro de mi armario). No tendría sentido que un progresista votase al PP, ni a nada que esté a su derecha. Desde luego, no entendería que votase a este PSOE de Ábalos y de Carmen Calvo; ni tampoco a un partido del archipiélago post-Podemita de los que dirigen nulidades como Yolanda Díaz.

Si esas opciones políticas claramente ya no representan progreso (sino involución, dogmatismo, demagogia y cleptocracia), ¿qué políticas son progresistas hoy en día?

Ahí van unas cuantas.

Potenciar el crecimiento económico.
Uno de los principios más importantes que nos toca defender hoy. La evolución del PIB no es una métrica perfecta del progreso de un país… pero es de las menos malas. Una economía más grande no equivale a más bienestar general, pero hay una correlación positiva muy clara. Más empresas, empresas más grandes, y más ricos. La izquierda institucional de hoy está fundamentalmente en contra de esto, aunque a veces lo disimule.

Reducir la deuda pública.
A todos los niveles: nacional, regional y local. El déficit en las cuentas públicas reduce el número de futuros mejores que son posibles porque reduce la opcionalidad de los estados; así que deber dinero de forma crónica —y deber cada vez más— es necesariamente una fuerza conservadora.

Trazar una división cristalina entre libertad de expresión y violencia.
Libertad de expresión, bien. Violencia, mal. Es así de simple. Perseguir a quien opina en redes sociales es reaccionario, aunque esas opiniones resulten ofensivas o repulsivas para otros. Y no se puede disculpar ningún ataque físico a la propiedad de alguien (incluida la propiedad común, como el mobiliario urbano) ni a la integridad física de otros; tampoco escudándose en el malestar de la turba, en la provocación de opiniones ajenas, ni en la bondad de ninguna doctrina revolucionaria.

Defender la energía nuclear.
Para progresar necesitamos mucha más energía, y los países en desarrollo aún más. Otro mundo es posible; pero mientras lo hacemos realidad con capital y con I+D, en este mundo, la mejor fuente de energía para garantizar el suministro basal en cualquier sitio y en cualquier momento del año es nuclear.

Proteger el derecho a la intimidad y el secreto de las comunicaciones, y limitar el uso de la informática para garantizar esos derechos.
No hace falta deliberar sobre esto ni inventar nada nuevo: la frase anterior está hecha de fragmentos literales del artículo 18 de la Constitución. Hay que oponerse por principio —y boicotear en el futuro, si llegamos a eso—  leyes totalitarias como Chat Control, la Cartera Digital, la verificación de edad en internet y la moneda digital del BCE. Defender el progreso es defender el cifrado punto a punto, la criptografía, el software libre, y las VPNs; no hacerlos ilegales.

Defender la igualdad de derechos de la mujer y el hombre.
No hace falta deliberar sobre esto ni inventar nada nuevo: la frase anterior es, literalmente, la primera definición de «feminismo» de la RAE. Ser feminista en 2026 significa, lo primero, reformar o derogar las leyes sexistas que aún quedan, como la que antepone «el varón a la mujer» para heredar la Corona, o la que permite aumentar una pena en función del sexo del acusado. Además, el progreso se apoya en la ciencia, así que un progresista tiene que partir de la realidad incontrovertible de que, en términos generales, los cerebros de los hombres y los de las mujeres no son iguales; como tampoco lo son sus intereses, sus habilidades, o los rasgos de su personalidad.

Fomentar la inmigración que nos beneficia tanto a nosotros como a los países de origen.
Los progresistas son más pro-inmigración que los conservadores, sí. Pero se equivocan con el sistema actual, que pone barreras a inmigrantes prometedores y premia a los ilegales y a las mafias. Hay un suministro enorme de potenciales inmigrantes económicos que sabemos se adaptan a nuestra cultura, contribuyen a nuestra economía, y a la vez mantienen con remesas a sus familias en el país de origen: hispanoamericanos y europeos, principalmente; pero también africanos y asiáticos. Ser progresista es querer más personas así en España, por su propio bien y también por el nuestro. En cambio, recibir a los elementos más fundamentalistas y violentos de ciertos países (y además regularizar su situación cuando llegaron ilegalmente) nos daña a nosotros, financia a los círculos retrógrados de los que salieron en su país de origen, y encima legitima y perpetúa la inmigración ilegal.

Defender el estado de derecho y la separación de poderes.
Sorprendentemente, hay que recordarlo. Porque lo contrario (un estado autoritario sin garantías legales ni seguridad jurídica, y un poder único) son reaccionarios. Los entes públicos (RTVE, CNMV, CNMC, CIS, etc) son independientes y ajenos al juego político. El defensor del pueblo no depende del gobierno ni del Poder Judicial. El fiscal general del estado no pertenece a ninguno de los tres poderes. El partido político que gobierna no es lo mismo que el poder ejecutivo, y ninguna de estas dos cosas es lo mismo que el grupo parlamentario del partido que gobierna. Los diputados y senadores tienen libertad de voto. «La soberanía nacional reside en el pueblo español», y no puede trocearse unilateralmente. «Todos los españoles tienen los mismos derechos y obligaciones en cualquier parte del territorio del Estado». Todo esto importa.

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