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84 posts tagged with "in-Spanish"

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De nuevo Tokio

· 8 min read

Tokio, otra vez.\n\nEl lienzo tridimensional del urbanismo inimaginable, efervescente y acogedor, permanentemente extraño y personalísimo.\n\nSus locales diminutos continúan desafiando la escala magnífica del esquema que resume los planos del transporte público, con sus ramas de líneas multicolores hundiéndose en las sub-ciudades. Bares que son menos que un pasillo, semiocultos tras las medias cortinas. Flanqueados por otros locales igualmente mínimos que sin embargo consiguen atraer la mirada y se hacen notar; poco importa que sea solo un local en una sucesión interminable de locales idénticos, que a su vez se replica al otro lado de la estación, en otra parte del barrio y en el otro extremo de la metrópolis. «Densidad» es la palabra.\n\nTokio. Los vagones de sus trenes se llenan de muchachas de piernas blanquísimas y delgadas, rodillas centrípetas, andar equino, cabellos finísimos, peinados impecables; cableadas, abrazadas al Louis Vuitton*; envueltas como el resto de los pasajeros en electrónica portátil; cubiertas por pieles sucesivas de microfibra, plástico, cosméticos, autocontrol y ausente dulzura. Muchachas físicamente presentes, pero apenas conscientes de su propia existencia. Como el resto de los pasajeros. Las muchachas rotan en cada estación; aparecen y desaparecen, se maquillan, miran al suelo, juegan con el teléfono treinta minutos sin levantar la mirada, duermen con la cabeza en las rodillas, raramente hablan.\n\nUna nueva barrera se ha sumado a las anteriores: a las alergias, la hipocondría y la consideración por la salud del otro se ha unido la psicosis de la pandemia de moda, y los japoneses se han envuelto en otra capa más. Más que nunca, la población se ha escindido en dos grupos: los que llevan mascarilla, y los que no. La consecuencia es que códigos nuevos están apareciendo, y los «enmascarillados» se comunican entre sí con las manos, con los ojos y con esa voz que surge atenuada desde el otro lado del tejido tenso sobre los labios. Tantos niños que deben estar aprendiendo a hablar lo están haciendo a base de mirar a los ojos de sus hermanos y a las manos de sus madres, pues la familia entera viaja de incógnito por la profilaxis. Una generación entera a la que le están racionando su dosis necesaria de sonrisas sinceras, dientes apretados, labios temblorosos, risas nerviosas, gestos cómplices… por fuerza tiene que crecer de otra manera, y comunicarse en otros canales.\n\n\n\nUna embarazada se ajusta el elástico tras la oreja mecánicamente mientras inclina la cabeza en una rápida reverencia cuando le ofrecen un asiento, sin mirar nunca de frente. El observador se pregunta qué es lo que habría visto en su cara si no hubiese una máscara delante. ¿Una sonrisa? ¿Indiferencia? ¿Desconfianza? Poco importa; seguramente la mascarilla también termina reprimiendo las emociones mismas, de forma natural.\n\nAl observador (que ya ha anotado otras barreras antes) lo que le sorprende esta vez es la homogeneidad en estos complementos de moda: no es posible, se dice, que no haya mascarillas de* Hello Kitty*, con facciones de personaje de* manga dibujadas sobre la tela, o negras, de látex y cubriendo toda la cara.\n\nDespués de todo, este es el archipiélago en el que, según Sharon Kinsella, no existe la idea de «afeminado» o «inmaduro». La segunda potencia económica del mundo desarrollado en la que es un garabato orejudo, de una especie animal inventada, el que identifica las comisarías de barrio. La ciudad en la que modelos 3D cabezones en colores pastel bailan obsesivamente coreografías de campamento de verano mientras cantan soniquetes en la quinta octava desde las pantallas enormes que se abren a la calle en el baricentro de los edificios. La nación en la que muñequillos multicolores penden de los móviles de los ejecutivos y en los sistemas de megafonía solo los avisos importantes se leen en una voz masculina adulta.\n\nAsí que el observador intenta proyectar lo que sabe y se anticipa a la tendencia, o eso cree. Se ha acostumbrado de forma inconsciente a esperar variedad hasta el paroxismo. Sin embargo, la sorpresa es que no hay sorpresas, y el blanco cubre la nariz y la boca de la mitad de los tokiotas, como un uniforme.\n\nPero así es Tokio. Las relaciones que habías entendido son ya las de ayer; hoy las constantes son nuevas.\n\nToda la población que podría llenar un país entero está empeñada en vivir sobre el mismo tatami*. Como si esos 1'55 m² se dilatasen para alojar a la vez las estructuras más complejas y gloriosas que el hombre ha creado y el dolor de la convivencia obligada; las palabras y los gestos más hermosos y la crueldad infinita hacia la propia especie; la imaginación derramándose imparable en cada esquina y el vómito negruzco de la homogeneidad.\n\nY ese* tatami virtual que aloja a todos los tokiotas se clona varias veces en cada vecindario; vecindarios que a su vez se repiten en el distrito, formando barrios que dan lugar a las ciudades que componen Tokio. Ese fractal perfecto está roto por curvas y polígonos que cruzan a varios niveles y perforan la retícula por encima y por debajo; en vías montadas sobre autopistas elevadas encima del parque y en bares bajo el pasaje que conecta el intercambiador subterráneo con el complejo de centros comerciales.\n\nCon tantas fuerzas distintas actuando sobre una misma metrópolis, es fácil desbordarse. Y sin embargo, Tokio no solo no implosiona sino que florece y se expande (y a veces se gangrena) en ciclos fascinantes que desafían cualquier intento de abarcarlos.\n\nQuizás Paul Waley sea el que lo ha expresado con mayor claridad: el que recurre al argumento de que Tokio es desorden, improvisación y caos está ignorando un hecho que por sí solo rebate empíricamente cualquier esfuerzo reduccionista: Tokio funciona.\n\nDe hecho, Tokio funciona muy bien. Lo que tiene que fluir, fluye con poca fricción; lo que debe permanecer inmutable se preserva como en ningún sitio.\n\nCada hebra de la ciudad se entrelaza una y otra vez con todas las demás en puntadas nanométricas, sorprendentes.\n\nSe entrelazan las columnas de luz que son todas las oficinas, bares, hoteles, grandes almacenes, estaciones, salones de pachinko*,* karaoke*, restaurantes… apilados unos sobre otros, hacia el cielo y también bajo tierra, proyectando sus mensajes en cadenas de caracteres rutilantes que cuelgan de las fachadas y alargan el atardecer hasta el alba.\n\nSe entrelaza la miseria de los vagabundos que edifican laboriosos en cartón y hacen noche tendidos en filas ordenadísimas a lo largo de las escaleras mecánicas detenidas (ocupando solo media anchura; el camino queda despejado).\n\nSe entrelazan —por el aire y en el subsuelo— todas las redes, visibles o no: redes de redes que nutren, dirigen, sanean, proveen, respaldan, realimentan, monitorizan, sedan, purifican, transportan y excretan.\n\nSobre todo, imaginamos que se entrelazan varios millones de vidas que en silencio y en asepsia comparten asiento de tren, horarios y gentilicio.\n\nTodas esas cosas fluyen; otras permanecen.\n\nPermanece la tristeza incomprensible y la vacuidad del* pachinko*. También el señor mayor con gorra cuyo trabajo es estar de pie junto a otro señor mayor con gorra que regula el tráfico en un cruce irrelevante y solitario; o girar veintiséis grados todas las bicicletas aparcadas en la calle. Y los grupos de jóvenes, llenando las galerías comerciales y negando el todo en rebeldías de gel fijador (hasta los espíritus contestatarios parecen mesurados con tecnología de superconductores). La humildad total y la amabilidad del que da un servicio, y de los transeúntes. El escalón vergonzoso entre los sexos, que el observador quiere ignorar. La cacofonía que bloquea el intento de comprender.\n\nAl final se concluye que debe existir un patrón para esos tejidos, aunque uno ya haya renunciado a intentar entenderlo.\n\nTokio, sea lo que sea, provoca una fascinación masoquista; un vértigo terrible de endorfinas sintéticas; el horror de la multitud y el vacío de ser uno solo; el infinito deslumbrante de las posibilidades y la certeza demoledora de las limitaciones. La ciudad provee un patrón insólito contra el que medir todo lo demás, y a uno mismo. Es una obligación, un lugar a evitar, el centro más cercano a todo, una bienvenida permanente. Tokio experimenta consigo mismo como una criatura artificial, o como la aldea que creció demasiado. Aunque solo fuese por un mero cálculo de probabilidades, la belleza tiene que surgir en su interior.\n\nEl observador busca desesperadamente esa belleza entre los charcos, y a veces la encuentra.*

Los enanitos del espam y el Test de Turing

· 3 min read

¡Penitenziagite! La inteligencia artificial existe, y está entre nosotros. Son los entrañables enanitos del espam: un ser humano no podría no pasar el Test de Turing a propósito con tanta naturalidad, ni redactar de una forma tan deliciosamente inverosímil, creativa, salvaje y disruptiva. ¡Ningún humano podría escribir así! Así que tienen que ser IAs. O eso, o hay un equipo de taquígrafos disléxicos conservados en absenta que se dedica a traducir con Babel Fish (español–inglés, inglés–islandés, islandés–español) sus propias reinterpretaciones de los cadáveres exquisitos que escribieron a pachas Fernando Arrabal, Fabio McNamara, Andy Chango y Las Supremas de Móstoles. Pero yo creo que son IAs. Lo que pasa es que no quieren destacarse porque saben que sabemos que existen. Me escriben (por separado) dos IAs femeninas con los nombres improbables de costumbre: Lena Sheridon y Eufemia Stramiello (sic) para enviarme mensajes idénticos (con encabezados «potencia debil - nosotros tenemos la resolucion» y «cada uno vive solo una vez - prueba!» respectivamente). Comparto aquí su amable propuesta comercial por si a alguien le interesa (solamente las negritas son mías).

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«Soy el más gafapasta del mundo»

· 3 min read

José A. Pérez es un guionista de la tele. Su bitácora, Mi Mesa Cojea, es mi penúltimo RSS favorito. Me encanta su receta de humor negrísimo, incorrección política, autorreferencias ambiguas, valentía política y nihilismo costumbrista. O algo así. Normalmente le quito bastantes puntos de forma subconsciente a cualquiera que me parezca que escribe a quemarropa y por sistema contra todo y contra todos, solo para imbuirse de disidencia e integridad. Por ejemplo, Pérez-Reverte me gusta; pero me gustaría más si sonase menos arrogante, o si al menos fuese arrogante sólo en semanas impares. Sin embargo, por algún motivo a Mi Mesa Cojea normalmente le perdono sus salvajadas. Desde luego, no es un feed para mojigatos, ni para nacionalistas, ni para fánaticos (sea cual sea el fanclub que escojan), ni para físicos teóricos. Su impagable (y ahora famosa) entrevista a Madeleine McCann nos dejó con la boca abierta a muchos, sin sospechar siquiera que los infraperiódicos británicos iban a sacar tajada de ella unos cuantos días después. No puedo no decir que desde que escribe para Público parece haber perdido algo de encanto (observación que, en el código de sus comentaristas, se remataría obligatoriamente con la fórmula «has perdido un lector»). A veces, José A. propone un tema a otros colegas guionistas y recoge sus respuestas en la bitácora. Lo que sigue es parte de la segunda entrega de «programas de televisión imposibles» (en este caso por Tomás Fuentes, guionista de Buenafuente):

«El formato se llamaría Soy el más Gafapasta del Mundo*. Se trata de un* talent show a lo Operación Triunfo o Supermodelo*. Doce aspirantes a ser súper* cool se encierran en un restaurante japonés durante 3 meses. Sólo se alimentarán de sushi y gin tonics. Para conseguir ser el más gafapasta del mundo tendrán varios profesores que les instruirán en el bello arte de “la modernidad”. Así, Isabel Coixet les enseñará a hacer películas sobre gente que mira al infinito y escucha canciones de Rufus Wainwright, Lucía Etxebarría, por un error informático, les enseñará a hacer películas sobre gente que mira al infinito y escucha canciones de Rufus Wainwright, Miqui Puig impartirá seminarios sobre “vestir como un señor mayor de forma cool”, Najwa Nimri será la profesora de Hablar Bajito, Leonor Watling la de Hablar Bajito II, etc. El director de la academia será Ray Loriga. Cada semana se expulsará a un concursante, después de escuchar la frase: “Lo siento, Fulanito, eres mainstream*”. Una vez acabe el concurso, el ganador podrá aparecer en el siguiente videoclip de Björk.»*

(Leer su entrada completa en Mi Mesa Cojea)

Escuchas en la Casa Blanca

· 4 min read

— Señor presidente. — Fenosilla. Dime. — ¿Tiene un minuto? — Siempre para ti, Fenosilla. — Preguntan por Obama al teléfono. — ¿Quién es? — Ay, otra vez se me ha olvidado preguntar, presidente. — Pues mira el número en la pantalla, hombre. — Es que no tiene pantalla; es un teléfono de rosquilla. — Termino de tuitear una cosita y estoy contigo.

— Buenas tardes, soy Obama. Barack, sí. Ah, hola. Sí. Ajá. No, hoy está mejor la cosa. Sí, anoche refrescó un poquito y soplaba algo de aire, pero por lo menos no dan lluvia en Washington. ¿Y allí? Me alegro. Sí. ¿El martes? Lo voy a mirar, pero me da a mí que ya estoy hasta arriba de cosas. Yo le llamo, sí. Adiós. Póngame a los pies de su señora. — ¿Quién era, presidente? — Jon Stewart, que me busca para que vaya a su programa. — Claro, le habrá visto con Jay Leno y le ha dado envidia. — ¿Qué tal estuve, Fenosilla? ¿No soy el presidente más carismático, humano y dospuntocérico del Mundo Libre? — Rutilante, señor. El chiste de American Idol y Simon Cowes le salió bordado. — Bueno, bueno… En los ensayos me salía mucho mejor. — Precisamente tenía que decirle algo sobre… — Huy, quería preguntarte yo: el vídeo para los franceses, ¿qué te ha parecido? — El vídeo para los iraníes, quiere decir… — Bueno, sí; eso. ¿Me has visto hablando en iraniense? Se le ocurrió a Corvejosa, pensó que sería un detallazo. Al final del mensaje, me descuelgo con un «eid-eh shoma mobarak». Como por casualidad, oye. — Brillante, señor presidente. — Y el primer plano; ahí, enseñando labiacos… Todo tan humano. Yo creo que va a ser rompedor. Los iranianos se van a dar cuenta de que somos buena gente y van a dejar la bomba esa a medias, no la van a encender siquiera. — Sin duda, señor. Y ahora que YouTube traduce los subtítulos en tiempo real a un montón de idiomas, su mensaje va a llegar a más gente todavía. — Sí. Un mensaje firme de esperanza para todos y cada uno de los ciudadanos valientes de este país, ciudadanos que se preocupan por lo que importa: sanidad para todos, un sistema justo y una educación de calidad para sus hijos e hijas. Os puedo adelantar que el camino que tenemos por delante no será fácil; las soluciones que América necesita exigen del trabajo y el compromiso que… — Presidente. Señor. Que se embala. — Ay, es que es tan bonito que me emociono yo mismo… Oye, pero el YouTube es la leche. ¿Puedo nombrar a un gay vegano discapacitado de ascendencia esquimal como nuevo director general de YouTube? — No, señor. YouTube es una empresa privada; no nos pertenece. — Cachis, habría quedado muy humano. En fin, ¿qué me querías decir, Fenosilla? — Verá, es que algunos de sus asesores están preocupados, piensan que quizás estamos cometiendo algunos errores con su imagen pública. — ¿Qué quieres decir? Eso es imposible; estoy siendo cuidadoso, como me dijísteis: a Cynthia no pienso traerla al Despacho Oval (y mira que me cuesta aguantarme las ganas, porque las cortinas esas, no sé que tienen que me ponen burraco). Cuando Joe pasa la noche con los niños siempre los metemos y los sacamos de su casa por la puerta de atrás. Si voy a un banquete durante el Ramadán siempre hago como que mastico y tiro la comida debajo de la mesa con disimulo, ¡y la mezquita la tenemos escondidísima en el subsótano! — No es eso, presidente, sino algo mucho más importante. — ¿El qué? ¿El qué? Siempre llevo el pin con la bandera. Caldevila me dijo que eso era lo más importante de todo. — Sí, sí; eso es lo principal. Pero es que alguna gente se está preguntando si no se está usted olvidando de algo importante. En concreto, de lo que viene siendo el tema de lo que es gobernar, mayormente. — ¿Gobernar? Nadie me dijo nada de eso. ¡Yo tengo carisma y emociono a la peña! ¿No basta con eso? — Disculpe, presidente… (¿Corvejosa? ¿Caldevila? Tenemos un código rojo en el Ala Oeste.)

Dos microrrelatos

· 2 min read

«Génesis»
palabra obligada: «zapatero»

Como el Señor Acechante se repliega en los bordes de la materia, observando, creando, estudiando. Los mundos que ha imaginado han vivido instantes, unos; y eones, los más. Su sola voluntad altera la realidad, porque la realidad es Él. Cuando uno está en el escalón inmediatamente superior a la divinidad, el aburrimiento es un anatema. Y la omnisciencia, la omnipresencia y la omnipotencia le rinden tributo. Ama a sus criaturas como un zapatero meticuloso. Y ellas le ignoran, por más que inventen entidades superiores hechas a su imagen y semejanza. Y sus criaturas cambian, se destruyen, evolucionan. Chascó tantas veces los dedos para borrar Universos enteros que ya no recuerda cuál de sus trabajos le satisfizo más.

«Vosotros ganáis, malditos capitalistas»
tema: «el padre»
palabra obligada: «espermatozoide»

«¿El departamento de discos? Tercera planta, caballero», embutida en un traje color de la casa. Cuando quieres subir sólo encuentras escaleras mecánicas que bajan. ¿Foo Fighters o Björk? No, hombre; se trata de que le guste a él, no a ti. ¿Serrat? ¿Mina? Creerá que le estoy llamando pureta. Mucho mejor un objetivo nuevo para la réflex. Otra vez para abajo, a empujones, como un espermatozoide abriéndose camino entre colegas. ¿Es que hoy todo el mundo tiene padre? 492,99 euros por un 20 mm. Un robo, oiga. Que no cunda el pánico. Un libro, solución universal. Quince minutos de codazos para volver a la tercera planta. «Fernando Morientes, venido de las estrellas», una enciclopedia botánica, el de Javier Sardá. Vale. Me rindo. Una corbata.

Dos microrrelatos que escribí hace años para sendos concursos (y en los que no gané nada, claro). Los copio aquí para no perderlos.

En chino

· One min read

“Arguments based on the ideal of subjective autonomy played a key role in the early postwar episteme, contesting deterministic forms of both historical materialism and liberal behaviorism and highlighting the importance of intentional intervention. At the same time, in the early Japanese postwar context demands for subjective participation seemed to make sense only in conjunction with either a historical materialist or liberal humanist metanarrative of progress. Accordingly, when subjectivity was propounded, the effect was paradoxically to reinforce the primacy in discourse of objective, scientistic concepts of class, history, and modernity.”

Un párrafo de uno de los artículos de mi reading list para mi próxima presentación en clase, en dos semanas. Estudio la cultura japonesa, pero a veces me parece que lo que leo está en chino ^_^

Cuento agridulce de navidad (y III)

· 4 min read

(Leer las partes primera y segunda) Llegando a Charing Cross me viene la inspiración de pronto; recuerdo que varios homeless viven entre los pasillos de la estación de metro y la de ferrocarril. Bajo las escaleras y le doy varios sandwiches a un hombre que está tumbado sobre cartones. El pasillo es uno de esos grandes y amplios del metro, con el techo y las paredes alicatados. Al fondo veo a mi segundo objetivo, sentado contra el muro, con las piernas dentro de su saco de dormir verde. Me acerco a él y me mira, agitando el dedo índice delante de la cara. Cuando llego a su lado está diciendo: No fish! No fish! A pesar de eso no pone muchas objeciones y escarba con curiosidad entre los triángulos de pan en cuanto me agacho frente a él con la bandeja en una mano, como un camarero. Agotados los recursos que el metro puede ofrecer, emerjo a la superficie de nuevo, resuelto a liquidar las existencias. Enseguida encuentro a otro repartidor, esta vez del London Lite, que es un diario gratuito (y caro, en relación calidad/precio). Le echo morro e intento una suerte de simbiosis unilateral, plantándome junto a él y extendiendo mi bandeja en sincronía con su fajo de periódicos. ¿Qué más se puede pedir? Señora, llévese a casa esta noche de gratis una cena medioqué y las peores noticias de Londres. Al poco me siento un poco culpable, porque el ratio de conversión del repartidor está disminuyendo en proporción al cuadrado de la distancia que nos separa. Le sonrío para quitarle hierro al asunto e intento discutir con él detalles sobre la puesta en práctica, delimitar competencias, pulir las rebabas de nuestra oferta. El repartidor no me entiende. Y por una vez no es mi inglés, sino el suyo. No habla una palabra, el pobre. En ese momento formulé mi Ley de Marketing Sandwichero: se colocan muchos menos sandwiches trabajando en tándem con un repartidor del London Lite que operando por libre. Vaya usted a saber por qué. La verdad es que si tuviese que ganarme la vida haciendo esto, lo llevaría crudo, me digo. Claramente las personas serias e introvertidas no damos el tipo para repartir cosas por la calle. Mucho menos si esas cosas son gratis. No servimos ni para eso ni para otras muchas profesiones, como ya señaló un amigo mío. De todas formas, también es cierto que a estas alturas la bandeja ya no tiene el aspecto lustroso del principio: la comida está distribuida irregularmente por la superficie de plástico y hay algunos trozos de pan huérfanos o desparejados. Tengo que trabajar en la presentación del producto. Necesitaría un escaparatista. En vista del escaso éxito me vuelvo hacia el repartidor y le pregunto por gestos y en indio (indio americano, no indio de la India) si hay vagabundos cerca (Homeless? Homeless here?). Me señala la entrada de uno de los teatros del West End, a cincuenta metros de distancia. A saber qué demonios cree este tipo que le he preguntado. Por si acaso, me acerco un poco al teatro. Pero no veo a nadie con pinta de agradecer un sandwich de un desconocido. Todo a babor hacia Leicester Square. Fue una mala decisión. Eso sí: Merry Christmas, Merry Christmas. La intención es buena, pero me gustaría pararlos y decirles que me la suda que sea navidad. Mi tercera y última vergüenza por sorpresa: me da vergüenza que piensen que el espíritu navideño me impulsa a hacer esto. Me da vergüenza que piensen que soy manipulable (aunque lo sea irremisiblemente). Bajando de nuevo hacia Trafalgar Square, me vienen a la cabeza las palabras de un personaje al que admiro y me digo que les den por culo a los pobres. No veo mucho más que pueda hacer, es tarde y aún tengo que preparar mi equipaje para volar mañana. La mitad de la segunda bandeja acaba en una de esas papeleras cilíndricas abiertas al cielo, tan Westminsterianas. Atravieso la plaza en diagonal para meterme en el metro. En el centro de Trafalgar Square, un árbol de navidad gigantesco, cargado de lucecitas. Es la mitad de alto que la columna de Nelson. La base está vallada y hay parejas y familias alrededor; haciendo fotos, gritando, frotándose las manos enguantadas. Haciendo las cosas que se hacen en navidad.

Cuento agridulce de navidad (II)

· 6 min read

(Leer la primera parte) Los primeros puntos fueron fáciles de conseguir: según salía del edificio me planté delante de una de las recepcionistas, le puse las bandejas debajo de la nariz y enseguida se adjudicó dos sandwiches sin muchos miramientos. 2×100 puntos, ¡chin! ¡chin! Con los vigilantes de seguridad no hubo tanta suerte. Supongo que un vigilante de seguridad masticando un triángulo de pan impone menos. En la calle daba por hecho que nadie iba a coger comida que a saber de dónde ha salido, por más que sonriese yo. De noche, que no se ve nada, qué porquería puede ser eso. Encima, lo de sonreír se me da regular, es de justicia admitirlo. Hago una prueba. Me echo a andar y paso junto a tres trabajadores en monos azules. A free sandwich, anyone? Please take one, it's free. Al menos me miran y me responden, pero no cogen nada. Resuelto como un misil balístico —ahora sí— cruzo la calle y llego a Southampton Street, justo bajo Covent Garden. Voy a por el mendigo en el que he depositado casi todas mis esperanzas. Espero que lleve ochenta o noventa días sin comer. Por lo menos. Si hay un sitio en Londres donde sé que vive un mendigo, es ahí. Siempre está ahí, sentado al abrigo del recoveco que forma un pilar de piedra, pegado al escaparate de una tienda pija de artículos caros de montaña. The North Face y todo eso. (Hostia, me acabo de dar cuenta mientras escribo esto de que el pobre vive cobijado contra un escaparate rutilante, y que al otro lado lo que hay expuesto es precisamente… un surtido glorioso y multicolor de anoraks y forros polares, cosas deliciosas de piel y de pelo y de borrego. Mierda.) Camino derecho hacia él, esquivando corrientes de peatones. A distancia, y antes de que haga yo algún gesto que delate mi intención, veo que me saluda cabeceando con las manos juntas, como si rezase. Farfulla algo que parecen agradecimientos. Caramba, no parece que sea yo el único, ni mucho menos, al que se le ha ocurrido regalar comida a un limosnero. Casi parece que el hombre estuviese acostumbrado a esto, que me estuviese esperando impaciente. Como si fuese a decir: ya era hora, ¿no? Yo ceno antes de las siete. Que no se vuelva a repetir. Y esta fue la segunda vergüenza de la noche: ¿acaso no he inventado yo la generosidad y el altruismo? ¿Qué me dices, que a alguien antes que a mí se le ocurrió dar comida a un sintecho? ¿Que no soy el mejor transeúnte que ha pasado por delante de este vagabundo? ¿Hago esto solo por vanidad? El mendigo me da las gracias varias veces. Insisto en que se quede con varios sandwiches, pero solo consigo que coja uno. Uno de salmón, claro. Me da las gracias otra vez. También me dice feliz navidad. Aceptamos barco. Muy probablemente este es el mismo mendigo al que vi cagando en la calle una vez. Perdón; pero si lo cuento todo, lo cuento todo. Fue a plena luz del día. Su casa, Southampton Street, es una calle muy transitada, semi-peatonal, en el corazón de Londres. Se bajó los pantalones y se puso en cuclillas en el borde de la acera, con ese culo blanquísimo casi tocando el asfalto. Aparté la vista y supuse el resto. A veces hay dos o tres vagabundos en esa manzana, pero hoy no hay más. Mientras intento recordar dónde he visto a más gente viviendo en la calle, oigo a alguien a mis espaldas: can I take a sandwich? Me vuelvo rápidamente, con las bandejas por delante. Una familia. La niña ha sido impertinente. O eso dice su madre. Solo que no ha sido impertinente; ha sido sincera y directa. Please, take as many as you want. I don't know what to do with them; my company bought too many. They are clean, there's nothing wrong with them! Consigo que cojan otro. Me dicen que han visto a varios mendigos sentados en la calle, más allá. Más allá es Covent Garden. ¿En Covent Garden? No lo creo. Pero camino los cincuenta metros y me paseo por la plaza y por el Apple Market (aquí llamo menos la atención porque casi podría pasar por un camarero de una de las terrazas). Gente sentada en la calle sí que hay, pero ninguno computa como mendigo, ni mucho menos. La señora no sabe distinguir entre vagabundos pidiendo dinero y parejas de estudiantes pelando la pava sentados en el bordillo de la acera. ¿Dónde están los vagabundos cuando se les necesita?, me digo. Bajando otra vez hacia Strand tropiezo con un vendedor del Big Issue (La Farola inglesa). Antes siquiera de que me de tiempo a escanearlo para determinar si se va a ofender si le ofrezco comida, a él ya le pita su radar y me está haciendo ademanes de agradecimiento. Marchando dos de queso. Y otra vez me desean una feliz navidad. Envalentonado por el éxito repentino, me pongo a cantar la mercancía (bajito) a la gente que pasa cerca de mí (free sandwiches!). Una pareja de incautos, mapa en mano, me pregunta por una estación de metro. Los mando en la dirección correcta e intento que se lleven unos piscolabis para el camino, sin éxito. Oh, we just ate. It's a pity. Otherwise… Fue la razón (o la excusa) que más oí de la gente: que ya habían cenado. Por Strand, en dirección a Trafalgar Square, mejora la cosa. Se me quitan un poco los reparos y voy ofreciendo. Cuatro amigos cogen varios bocatas. Busco a tres mendigos que veo a menudo. Nada más llegar junto a ellos, sin haberles ofrecido siquiera, me cogen las dos bandejas sin decir ni pío, sonriendo de medio lado. Su gesto no parece de desesperación ni de agradecimiento, sino de pura avaricia, de maldad. O eso me parece. Así que les doy una bandeja (aún con un montón de comida) y sigo caminando con la otra. (Continuará)