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Cuento agridulce de navidad (y III)

· 4 min read

(Leer las partes primera y segunda) Llegando a Charing Cross me viene la inspiración de pronto; recuerdo que varios homeless viven entre los pasillos de la estación de metro y la de ferrocarril. Bajo las escaleras y le doy varios sandwiches a un hombre que está tumbado sobre cartones. El pasillo es uno de esos grandes y amplios del metro, con el techo y las paredes alicatados. Al fondo veo a mi segundo objetivo, sentado contra el muro, con las piernas dentro de su saco de dormir verde. Me acerco a él y me mira, agitando el dedo índice delante de la cara. Cuando llego a su lado está diciendo: No fish! No fish! A pesar de eso no pone muchas objeciones y escarba con curiosidad entre los triángulos de pan en cuanto me agacho frente a él con la bandeja en una mano, como un camarero. Agotados los recursos que el metro puede ofrecer, emerjo a la superficie de nuevo, resuelto a liquidar las existencias. Enseguida encuentro a otro repartidor, esta vez del London Lite, que es un diario gratuito (y caro, en relación calidad/precio). Le echo morro e intento una suerte de simbiosis unilateral, plantándome junto a él y extendiendo mi bandeja en sincronía con su fajo de periódicos. ¿Qué más se puede pedir? Señora, llévese a casa esta noche de gratis una cena medioqué y las peores noticias de Londres. Al poco me siento un poco culpable, porque el ratio de conversión del repartidor está disminuyendo en proporción al cuadrado de la distancia que nos separa. Le sonrío para quitarle hierro al asunto e intento discutir con él detalles sobre la puesta en práctica, delimitar competencias, pulir las rebabas de nuestra oferta. El repartidor no me entiende. Y por una vez no es mi inglés, sino el suyo. No habla una palabra, el pobre. En ese momento formulé mi Ley de Marketing Sandwichero: se colocan muchos menos sandwiches trabajando en tándem con un repartidor del London Lite que operando por libre. Vaya usted a saber por qué. La verdad es que si tuviese que ganarme la vida haciendo esto, lo llevaría crudo, me digo. Claramente las personas serias e introvertidas no damos el tipo para repartir cosas por la calle. Mucho menos si esas cosas son gratis. No servimos ni para eso ni para otras muchas profesiones, como ya señaló un amigo mío. De todas formas, también es cierto que a estas alturas la bandeja ya no tiene el aspecto lustroso del principio: la comida está distribuida irregularmente por la superficie de plástico y hay algunos trozos de pan huérfanos o desparejados. Tengo que trabajar en la presentación del producto. Necesitaría un escaparatista. En vista del escaso éxito me vuelvo hacia el repartidor y le pregunto por gestos y en indio (indio americano, no indio de la India) si hay vagabundos cerca (Homeless? Homeless here?). Me señala la entrada de uno de los teatros del West End, a cincuenta metros de distancia. A saber qué demonios cree este tipo que le he preguntado. Por si acaso, me acerco un poco al teatro. Pero no veo a nadie con pinta de agradecer un sandwich de un desconocido. Todo a babor hacia Leicester Square. Fue una mala decisión. Eso sí: Merry Christmas, Merry Christmas. La intención es buena, pero me gustaría pararlos y decirles que me la suda que sea navidad. Mi tercera y última vergüenza por sorpresa: me da vergüenza que piensen que el espíritu navideño me impulsa a hacer esto. Me da vergüenza que piensen que soy manipulable (aunque lo sea irremisiblemente). Bajando de nuevo hacia Trafalgar Square, me vienen a la cabeza las palabras de un personaje al que admiro y me digo que les den por culo a los pobres. No veo mucho más que pueda hacer, es tarde y aún tengo que preparar mi equipaje para volar mañana. La mitad de la segunda bandeja acaba en una de esas papeleras cilíndricas abiertas al cielo, tan Westminsterianas. Atravieso la plaza en diagonal para meterme en el metro. En el centro de Trafalgar Square, un árbol de navidad gigantesco, cargado de lucecitas. Es la mitad de alto que la columna de Nelson. La base está vallada y hay parejas y familias alrededor; haciendo fotos, gritando, frotándose las manos enguantadas. Haciendo las cosas que se hacen en navidad.

Cuento agridulce de navidad (II)

· 6 min read

(Leer la primera parte) Los primeros puntos fueron fáciles de conseguir: según salía del edificio me planté delante de una de las recepcionistas, le puse las bandejas debajo de la nariz y enseguida se adjudicó dos sandwiches sin muchos miramientos. 2×100 puntos, ¡chin! ¡chin! Con los vigilantes de seguridad no hubo tanta suerte. Supongo que un vigilante de seguridad masticando un triángulo de pan impone menos. En la calle daba por hecho que nadie iba a coger comida que a saber de dónde ha salido, por más que sonriese yo. De noche, que no se ve nada, qué porquería puede ser eso. Encima, lo de sonreír se me da regular, es de justicia admitirlo. Hago una prueba. Me echo a andar y paso junto a tres trabajadores en monos azules. A free sandwich, anyone? Please take one, it's free. Al menos me miran y me responden, pero no cogen nada. Resuelto como un misil balístico —ahora sí— cruzo la calle y llego a Southampton Street, justo bajo Covent Garden. Voy a por el mendigo en el que he depositado casi todas mis esperanzas. Espero que lleve ochenta o noventa días sin comer. Por lo menos. Si hay un sitio en Londres donde sé que vive un mendigo, es ahí. Siempre está ahí, sentado al abrigo del recoveco que forma un pilar de piedra, pegado al escaparate de una tienda pija de artículos caros de montaña. The North Face y todo eso. (Hostia, me acabo de dar cuenta mientras escribo esto de que el pobre vive cobijado contra un escaparate rutilante, y que al otro lado lo que hay expuesto es precisamente… un surtido glorioso y multicolor de anoraks y forros polares, cosas deliciosas de piel y de pelo y de borrego. Mierda.) Camino derecho hacia él, esquivando corrientes de peatones. A distancia, y antes de que haga yo algún gesto que delate mi intención, veo que me saluda cabeceando con las manos juntas, como si rezase. Farfulla algo que parecen agradecimientos. Caramba, no parece que sea yo el único, ni mucho menos, al que se le ha ocurrido regalar comida a un limosnero. Casi parece que el hombre estuviese acostumbrado a esto, que me estuviese esperando impaciente. Como si fuese a decir: ya era hora, ¿no? Yo ceno antes de las siete. Que no se vuelva a repetir. Y esta fue la segunda vergüenza de la noche: ¿acaso no he inventado yo la generosidad y el altruismo? ¿Qué me dices, que a alguien antes que a mí se le ocurrió dar comida a un sintecho? ¿Que no soy el mejor transeúnte que ha pasado por delante de este vagabundo? ¿Hago esto solo por vanidad? El mendigo me da las gracias varias veces. Insisto en que se quede con varios sandwiches, pero solo consigo que coja uno. Uno de salmón, claro. Me da las gracias otra vez. También me dice feliz navidad. Aceptamos barco. Muy probablemente este es el mismo mendigo al que vi cagando en la calle una vez. Perdón; pero si lo cuento todo, lo cuento todo. Fue a plena luz del día. Su casa, Southampton Street, es una calle muy transitada, semi-peatonal, en el corazón de Londres. Se bajó los pantalones y se puso en cuclillas en el borde de la acera, con ese culo blanquísimo casi tocando el asfalto. Aparté la vista y supuse el resto. A veces hay dos o tres vagabundos en esa manzana, pero hoy no hay más. Mientras intento recordar dónde he visto a más gente viviendo en la calle, oigo a alguien a mis espaldas: can I take a sandwich? Me vuelvo rápidamente, con las bandejas por delante. Una familia. La niña ha sido impertinente. O eso dice su madre. Solo que no ha sido impertinente; ha sido sincera y directa. Please, take as many as you want. I don't know what to do with them; my company bought too many. They are clean, there's nothing wrong with them! Consigo que cojan otro. Me dicen que han visto a varios mendigos sentados en la calle, más allá. Más allá es Covent Garden. ¿En Covent Garden? No lo creo. Pero camino los cincuenta metros y me paseo por la plaza y por el Apple Market (aquí llamo menos la atención porque casi podría pasar por un camarero de una de las terrazas). Gente sentada en la calle sí que hay, pero ninguno computa como mendigo, ni mucho menos. La señora no sabe distinguir entre vagabundos pidiendo dinero y parejas de estudiantes pelando la pava sentados en el bordillo de la acera. ¿Dónde están los vagabundos cuando se les necesita?, me digo. Bajando otra vez hacia Strand tropiezo con un vendedor del Big Issue (La Farola inglesa). Antes siquiera de que me de tiempo a escanearlo para determinar si se va a ofender si le ofrezco comida, a él ya le pita su radar y me está haciendo ademanes de agradecimiento. Marchando dos de queso. Y otra vez me desean una feliz navidad. Envalentonado por el éxito repentino, me pongo a cantar la mercancía (bajito) a la gente que pasa cerca de mí (free sandwiches!). Una pareja de incautos, mapa en mano, me pregunta por una estación de metro. Los mando en la dirección correcta e intento que se lleven unos piscolabis para el camino, sin éxito. Oh, we just ate. It's a pity. Otherwise… Fue la razón (o la excusa) que más oí de la gente: que ya habían cenado. Por Strand, en dirección a Trafalgar Square, mejora la cosa. Se me quitan un poco los reparos y voy ofreciendo. Cuatro amigos cogen varios bocatas. Busco a tres mendigos que veo a menudo. Nada más llegar junto a ellos, sin haberles ofrecido siquiera, me cogen las dos bandejas sin decir ni pío, sonriendo de medio lado. Su gesto no parece de desesperación ni de agradecimiento, sino de pura avaricia, de maldad. O eso me parece. Así que les doy una bandeja (aún con un montón de comida) y sigo caminando con la otra. (Continuará)

Cuento agridulce de navidad (I)

· 5 min read

〜 De bandejas de comida y vergüenzas personales 〜

Las seis y media de la tarde (aquí en Londres las llaman de la noche). Estoy aún en la oficina, casi solo ya. Es el último día antes de mis vacaciones de navidad y me he quedado trabajando un poco más de lo habitual, intentando dejar cosas medio terminadas antes de irme a Granada. Arrastro emilios de una carpeta a otra, tacho varias líneas en mis post-its, cierro documentos. Mientras espero a que mi computador se apague voy a la cocina a beber agua, con parada técnica en el baño, para completar mi ciclo personal del agua. Como hago siempre. En la cocina quedan todavía cuatro bandejas ovaladas grandes de plástico llenas hasta arriba de sandwiches de distintas variedades, perfectamente etiquetados (Vegetarian, Ham & Cheese, Salmon & Cucumber…), acolchados entre hojitas de lechuga. También hay un paquete de galletas de jengibre que está a medias y un par de platos con aperitivos. A esta empresa no le faltan excusas para comprar el almuerzo de la gente, poner fruta en las cocinas, servir copas de zumos y aperitivos en reuniones informales a media tarde, repartir helados por la oficina de vez en cuando. Días especiales y aniversarios de la empresa, cualquier motivo es bueno. Hoy hubo fiesta de navidad para los enanos. Algunos compañeros vinieron esta mañana con los hijos puestos. Algunos con cónyuge también. Se lo pasaron todos pipa pintándose la cara, cantando en una sala de reuniones y trotando por los pasillos. Bastante surrealista. Niños ingleses tan rubitos, ceceando entre los dientes caídos y escondiéndose debajo de las mesas. Son muy graciosos. Y qué bien hablan inglés, los cabrones. Hoy los que se encargan de estas cosas calcularon mal y sobró bastante comida. No es la primera vez que pasa. No hay nadie en la cocina, excepto uno de los limpiadores. Está recogiendo platos y metiéndolos en el lavavajillas, reponiendo los frigoríficos, limpiando las encimeras. Como hace siempre. Los limpiadores aparecen a las cinco o las seis —cuando la gente se está marchando— y hacen su batida por toda la oficina. Los he visto en acción cuando he tenido que quedarme hasta tarde algún día. Este limpiador y yo siempre nos saludamos, aunque ninguno sabe cómo se llama el otro. Lo hacemos desde que un día me dio por decirle hola (no veía a nadie más que lo saludase). Es negro. Todos los limpiadores de mi oficina son negros. Todos. No sé cuántos hay, pero he visto al menos a cuatro. No son negros-obama. Son negros como el tizón. En cambio, cuando llegué a esta empresa me sorprendió que apenas hay trabajadores negros (entre los trabajadores que se sientan delante de un monitor, quiero decir). Aunque hay un buen gradiente de color en mi oficina. La principal minoría étnica somos los blancos. Estoy exagerando, claro; pero hay muchísimos hindúes. Muy poquitos negros. Salvo los que limpian. Este limpiador me mira, pensando que he ido a por los sángüiches, y me dice, señalando las bandejas: do you want to take any? I'm going to throw them away. Le respondo tontamente, con mi vaso de agua en la mano: oh... Are you throwing them away? Really? Le digo que es una pena, que no podemos tirarlo, que odio tirar comida a la basura. Me dice que sí a todo, y parece sincero. Él ya ha comido algo, y no sabe qué hacer con el resto. Me lamento un poco más y me vuelvo hacia mi mesa. A medio camino cambio de idea y vuelvo a la cocina. Nos lamentamos un poco más los dos. Alguien tiene que comerse esto, pienso. No podemos tirarlo a la basura. En esto descubro mi primera vergüenza de la noche: me da vergüenza salir de la oficina con dos bandejas de sandwiches en las manos. Me da vergüenza que alguien piense que me llevo comida a casa para los próximos días, que soy un rácano. Me da vergüenza caminar por la calle con las bandejas en la mano. ¿Puede eso más que mi espíritu hiperracionalista? (¿Un montón de comida en buen estado que se va a desperdiciar? ¿Es una pregunta con trampa? Me llevo lo que vaya a comer y doy el resto a quien lo pueda necesitar. Evidentemente. Todo ganancias, ninguna pérdida. Obviamente. No hay argumentos en contra. Siguiente problema, este era fácil.) Aparece Gaurav, un colega. Le digo que me voy a llevar dos bandejas para repartir la comida por la calle. Mi compañero no solo no se sorprende de mi idea (¡gracias, Gaurav!) sino que me recomienda un mendigo que vive muy cerca de la oficina. Sé exactamente a qué mendigo se refiere. Pero voy a necesitar más que un mendigo. Y los mendigos postmodernos igual se ofenden si les ofreces comida. O te acuchillan. Los transeúntes seguro que te ignoran. Además, si no encuentro quién se lo coma, voy a tener que tirarlo yo mismo. Y eso va a ser aún más doloroso que no mirar mientras lo tira el limpiador. Quién dijo miedo. (Continuará)

Carta abierta a EDF Energy

· 3 min read

Estimados bastardos de EDF Energy Si tan preocupados estáis por la eficiencia energética de mi hogar y por mejorar el aislamiento de mi piso, por que contrate un seguro contra las posibles fugas de agua en las cañerías, por las sequías en Mozambique, por la supervivencia de la biomasa brasileña, por mis emisiones de CO2, por colocarme una pulserita verde gilipollesca que atestigüe mi compromiso con el «2010 Carbon Challenge», por venderme un depósito de agua para el jardín… si os decís «passionate» por todo eso, ¿os puedo pedir que no imprimáis para mí ni uno más de esos desplegables preciosos a todo color en papel satinado superglossy de 120 gr/m2 blanqueado con cloro, hijos de puta? Que si fuese solo eso, pues vale. Pero es que toda esa publicidad ridícula (que descarto sin leerla en cuanto detecto que es publicidad, y no facturas) nos la enviáis siempre por duplicado, mamones. Una vez con la factura del gas, y otra vez con la factura de la electricidad. Cuando no todo por separado. Que digo yo que si es verdad que «every little counts» os podíais aplicar el cuento. No os costará tanto encontrar todos los domicilios que tienen contratado más de un servicio con vosotros (que serán muchos) y contarlos solo una vez cuando os toque hacer el mailing. Una mijita de SQL, hombre; que no es más que un SELECT medio guarro. Yo os lo escribo. Y ya de paso las facturas del gas y de la electricidad me las envían ustedes juntitas también, muchas gracias. Lo que os ahorréis en papel, tinta, mano de obra, infraestructura y gastos de correo me lo descontáis de la factura del mes siguiente. Os dejo que os apuntéis el tanto medioambiental; como si la idea hubiese sido vuestra. ¿No habéis oído hablar de la compañía aérea aquella que se ahorró un pastizal a base de escatimar una aceituna en cada comida? Bueno, eso será una leyenda urbana. Pero, ¿vosotros sabéis lo que me duele a mí echar a reciclar todos esos folletos y sobres inútiles? Atentamente el tripu PD: ¿quién coño querría registrarse en una de esas campañas para entrar en el «Stadium of Heroes» [sic] de vuestro oportunismo pseudoconservacionista?

Oh, how wonderful! Right before submitting this rant, when I was double-checking the facts, Google spat out the picture at the bottom, CC Anthony Grimley — click on the picture to see the notes.

Fútbol

· 2 min read

Frases oídas esta noche en un bar de Londres durante la final de la Eurocopa: «¡Maricón, vuelve a Cataluña!» Esto lo gritó al jugador Xavi uno que había a mi lado. Inmediatamente, otro que estaba cerca se volvió hacia él con cara de disgusto. Entonces el que había gritado empezó a explicarse y a darle palmaditas de buen rollo en la espalda al catalán. Y le oí decir «no, ¡si yo soy vasco!». O sea, que él también se siente oprimido por el Estado Español, así que todo queda entre hermanos. «¡Alemán, hijo de puta!» El deporte, uniendo a las naciones y a los pueblos. «¡España: una, grande y libre!» Esta frase es bonita, pero me suena haberla oído antes en algún sitio, así que como cántico es muy poco original. «¡España! ¡España! ¡España!» Para empezar, estas frases están incompletas, porque no tienen predicado. Tienen un sujeto, pero no tienen un predicado. Me quedé con la intriga de saber qué quería decir la gente con esto. Podría ser «España comparte frontera con Portugal». O bien «España tiene seis letras». O «España da asco», o cualquier otra cosa. Lo más curioso de todo es que el vasco de antes también se desgañitaba gritando esto cuando el partido terminó. «¡Este partido / lo vamos a ganar!» Aún admitiendo que hubiese algún jugador en el bar, no sé cómo pretendía ganar el partido a 900 km de distancia. Lamento profundamente que mi racionalismo cuasi-enfermizo, mi tendencia a no disgustar a los demás si no tengo un buen motivo y mi falta de apego por los colorines me impidan en días como hoy sentirme genuinamente feliz, pasármelo bien y hacer amigos. Creo que esto ya no lo voy a poder cambiar nunca.

Quotes by teachers–to–be

· 2 min read

My teacher training course took to an end. We still have to hand in a portfolio with some papers next week. But we already know that we all passed the course and that we are getting our certificate. Well deserved, because we worked really hard during these 11 weeks. That has been a crazy time for me — more than once I have been sleeping ridiculous number of hours several days in a row. I'm proud that I suceeded in balancing that with my new job. As I'm sure my classmates are proud of themselves, too. I am also thankful to the few people who are close to me and bore my misanthropy during these weeks. But we had many good laughs, too. And I met some interesting people (students, teachers and meta-teachers). In total, we were eight teachers of Spanish (of whom four Spaniards, three Colombians, one Argentine) three Italians and three French. This week we have been celebrating, also with our students. These are some quotes I heard and wrote down during the course.

“Si la violación es inminente, relájate y goza.”
        — Fernando.

“Acabo de tener una epifanía.”
        — Fernando.

“Un presente como los de antes.”
        — Fernando.

“Yo no quiero que mis niños se críen con Bob Esponja y con Dora la Exploradora*; quiero que tengan su mamá.”*
        — Ana.

“Siamo un binomio vincente.”
        — Isacco.

“Si italiana & francoparlante responden a todo, pero inglesa a nada → algo falla.”
        — In my notes.

“El subjuntivo: parte del problema está en la «fama» que tiene.”
        — In my notes.

“TRUCO DEL ALMENDRUCO. Cómo enseñar a principiantes a expresar opiniones SIN usar el subjuntivo.”
        — In my notes.

“Depende del contexto.”
        — The Universal Answer For All Linguistic Matters.

“Intentamos «esconder» al autor del error.”
        — In my notes.

“El [pretérito] indefinido está bien.”
        — Begoña.

“El pretérito indefinido es un pasado puro, ¿no?”
        — Begoña.

“El imperfecto es el presente del pasado.”
        — Vicens.

“Metapregunta [im]posible de un estudiante: «¿qué significa ‘¿qué significa?’?»”
        — In my notes.

“Hacerás.”
        — Author unknown.

“No sé si ustedes lo conozcan.”
        — Ana.

“Sí. El matrimonio.”
        — Fernando, being asked whether there is a cure for love.

«Mind you»

· 4 min read

Una de tantas iniciativas geniales que tienen en mi nueva empresa es la que llaman «Mind you». Cada mes, unos catorce empleados crean una especie de presentación sobre sí mismos. Cada uno diseña una hoja, o pantalla. (¿Cómo demonios se dice «slide» en español? Y no me digáis «diapositiva»…). Se trata de reflejar tu personalidad, tus parafilias preocupaciones, intereses e inquietudes, con proporción 4:3, de forma libre y creativa. Cada hoja se imprime entonces en formato A2 y todas se cuelgan en la pared de un pasillo (casualmente, el que está junto a mi sala de trabajo). Además, se junta todo en una presentación que se comparte en la intranet hasta el mes siguiente. Como soy de los más nuevos en la empresa, hace unos días la gente de RRHH me pidió que participase en la próxima tanda de carteles. Así que me puse a pensar en ideas para hacer un buen cartel que hablase de mí mismo y de mi mecanismo. Los carteles que he visto colgados en la pared durante estas semanas son muy variados. Abundan los collages de fotos con familia y amigos. Otros hacen un popurrí de imágenes relacionadas con sus aficiones, de fotografías de su último viaje o cosas así. También hay alguna ristra de citas. Unos pocos son realmente originales y están muy bien compuestos. Yo quería hacer algo medio original. Por supuesto, la primera idea me vino inmediatamente; después de todo, es facilísimo resumir lo que hay en mi cabeza con una sola imagen [NSFW]. O con dos imágenes [NSFW], a lo más. Sin embargo, por algún motivo descarté la idea. Pensé que quizá no era apropiado que mis doscientos compañeros de trabajo me asociasen a esa imagen. Je. Así que reprimí mi verdadera naturaleza, aparqué las pulsiones primarias e intenté centrarme en «lo demás». Que algo hay. Hace tiempo que pienso que las nubes de etiquetas que uno va construyendo en sitios sociales y agregadores son una magnífica descripción de uno mismo. Una descripción distorsionada por el propio medio, es cierto. Pero si usas las etiquetas correctamente, después de cierto tiempo es difícil que quede algún aspecto principal de ti mismo sin reflejar en forma de etiqueta. Quería llenar el cartel con alguna fotografía de las que amo. Elegí una de las obsesiones de esta etapa de mi vida, Tokyo, y busqué entre mis fotos de Japón. Ninguna era lo suficientemente buena; mucho menos para imprimir en grande. Tras mucho buscar opté por una foto ajena de Shibuya. Ya tenía un fondo con mucho contraste; oscuro y lleno de neón. Pero a la vez quería inundar el cartel con etiquetas. Empecé a acariciar la idea de saturar todo el espacio con información. Con la colaboración de Google Images junté unas cuantas cosas que me son queridas. Pero si las pegaba todas, unas junto a otras, terminaba con un collage ortopédico, y no quería eso. Decidí que mis etiquetas en del.icio.us eran más descriptivas que las de Flickr. Tenía curiosidad por ver cuántas capas de información (texto e imágenes) se pueden superponer sin perder la legibilidad de ninguna capa. Si mi experimento sirve para algo, la respuesta es «dos» :¬) Solo me permití añadir una referencia a «Blade Runner» fundiéndose por la izquierda, y superpuse 日本語 («japonés», escrito en ídem) en la parte derecha. Después jugué un poco con las máscaras de transparencia, los niveles de cada capa y algunos efectos, hasta que me gustó el conjunto. Todo esto, por supuesto, Gimp mediante. Alabado sea mil veces.

3 razones para salvar Radio 3

· 4 min read

«Me siento muy orgulloso de que Tricky, Massive Attack o Chemical Brothers hayan permitido que sus discos se hayan estrenado mundialmente en Siglo XXI antes que en ningún rincón del mundo. También es verdad que todos estos artistas encontraban asombroso que hubiera una emisora que a las once de la mañana y en difusión nacional pusiera sus canciones.»

Tomás Fernando Flores.

Los enamorados de Radio 3 de Radio Nacional de España somos unos sufridores. Nos hemos acostumbrado ya a vivir permanentemente con una corazonada agorera. Cada vez que el gobierno del país cambia de signo, cada vez que hay un nombramiento en RTVE… nos ponemos en lo peor. «Ya está», nos decimos. «Ahora sí; esto se acaba». En estos días el corazón se nos estruja un poquito otra vez. Hablan los papeles de cambios gordos que se avecinan en Radio 3, cambios de personas y cambios de ideas, y a ninguno nos sorprende. Parece que no se habla de cerrar la emisora, cierto. Pero, ¿qué diferencia hay entre cerrarla y mantenerla abierta con el mismo nombre pero cambiando completamente los contenidos? Manel Fuentes no tiene ningún sentido en Radio 3. No es una cuestión de calidad —el señor Fuentes es muy competente haciendo lo suyo— sino de oportunidad. Es como si Ramón García empezase a escribir guiones para las historietas de El Jueves. Estas son las 3 razones por las que RTVE y el gobierno deberían conservar Radio 3 con el mismo espíritu que tiene desde hace 30 años:

  1. No existe una alternativa a Radio 3. Sencillamente, en España no hay otra programación a nivel nacional siquiera parecida a la de Radio 3. Desde el punto de vista de la variedad, hacerla desaparecer sería más desastroso que hacer desaparecer La Ser, La Cope, Cadena Dial o incluso Radio 1 de RNE, puesto que al menos los tipos de contenidos de estas cadenas se pueden encontrar en otras emisoras, en casi todos los casos. Radio 3 es el único estandarte convincente en contra de las radiofórmulas, los patrocinios encubiertos, las listas de ventas, las modas de quince minutos, el conservadurismo cultural, el conservadurismo a secas, el papanatismo musical y los envoltorios histriónicos de los medios de masas.
  2. Radio 3 es prácticamente el único valor que algunos recibimos a cambio de nuestra contribución a RTVE. Y aún así Radio 3 es extremadamente barata. ¿Que Radio 3 no es viable económicamente? Vamos a ver eso. En «El Ente» llevan años rasgándose las vestiduras por la baja audiencia de los programas de Radio 3 en comparación con programas mainstream de otras de sus cadenas. Parece evidente que Cuando los Elefantes Sueñan con la Música siempre va a tener menos audiencia que el magacín de la mañana de Radio 1. Pero, ¿cuáles son los costes de producción de uno y otro? Dado que en RNE no hay apenas hay publicidad, el único criterio económico de viabilidad debería ser el coste relativo, en oyentes/€. Pero en cualquier caso, y dado que RTVE es un «servicio público» en teoría ajeno a intereses comerciales, el económico no debería ser nunca el único criterio a aplicar. Por otro lado, el propio carácter selectivo de los oyentes de Radio 3 hace que estos apenas consuman muchos otros productos de RTVE que están dirigidos a un público mucho más amplio.
  3. La cultura y la música en España sufrirían si Radio 3 desapareciese. Muchos aspectos de la cultura y muchas tendencias musicales tienen en Radio 3 su único eco con cierto alcance. La música indie no quiere que Radio 3 cambie. Las contracorrientes tampoco; la vanguardia musical, las artes plásticas, la tecnología, los músicos que terminan su primera maqueta, los performers, los pequeños festivales, también los festivales grandes, las músicas del mundo, la poesía, el country, el silencio, la música brasileña, el jazz… incluso la UNED confía en Radio 3.

Un poco de ciencia

· One min read

Teorema Del Ánimo Inducido:

«Para cualquier grado de cansancio acumulado c, hora intempestiva h y tarea importante e inaplazable t existe al menos un par {e, v} con e estilo de música y v volumen que hace t soportable.»

Conjetura Del Masoquista (no demostrada):

«Además, siempre existe al menos un par {e, v} que hace t placentera.»

Teorema De Friquismo No-Anulable:

«No importa cuan grandes sean c y h, siempre es posible encontrar al menos una parida p que necesite ser blogueada antes de acometer t

Cuatro razones para estar contento

· 2 min read

Una revelación de optimismo repentino que me vino esta tarde, de ésas que conviene atrapar y archivar pa' cuando hagan falta:

  1. Por las mañanas tardo exactamente veintidós minutos en llegar desde casa a mi nuevo trabajo; tres paradas de metro sin transbordos más dos paseos muy cortos. Al mediodía puedo andar cinco minutos y comerme el bocata en el «Km 0» de Londres, sentado en las escaleras de la National Gallery, al pie de la Columna de Nelson.
  2. Por las tardes, después del trabajo, sólo tengo que caminar otros diez minutos para llegar a la escuela de idiomas en la que hago mi curso para ser profe de español: un par de manzanas hacia el norte, cruzo Covent Garden justo por el centro de la plaza y enseguida llego a Holborn. Si me pongo tonto alargo el paseo un minuto o dos más y atravieso también Seven Dials, un barrio que me encanta.
  3. Mi nueva empresa es muy solvente y ofrece todas las facilidades típicas de una organización con casi 200 empleados en Central London. Me pagan más que en mi trabajo anterior, en principio trabajando igual o menos. Y los horarios son medio flexibles. Parece casi seguro que no voy a tener problemas para ir a clase cada tarde de lunes a jueves.
  4. Desde que cambió la hora, salgo del trabajo y aún es de día un buen rato.

Hago lo que me da la gana con mi tiempo. No dependo de nadie y nadie depende de mí.